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- ¡Ring!
- Click
- ...
- ¿Estás ahÍ?
- ...Sí. Por un momento esperaba a otra persona...
- Tengo algo para ti. ¿Estás listo?
- Dame 20 minutos.
- Click
Nunca dejará de sorprenderme la conexión telepática existente entre los miembros de la Gran Hermandad. Como arañas agazapadas detectan las vibraciones de la carencia a través de los hilos de una red invisible, incluso antes de que uno mismo se percate de que ha vuelto a caer en ella.
Jota, compañero de fatigas, una vez más se había adelantado a mis propias necesidades pues, como de costumbre, la situación jugaba a favor de la banca, dado que mi padre, en su atropellada huida, había decidido llevarse consigo sus cómodos ingresos y mi principal fuente de financiación.
Por eso accedí... Por eso y porque una vez perdido el amor y la dignidad ¿qué otra cosa se puede hacer?
Aunque resulte superfluo, conviene señalar que el de Jota no era en absoluto de un gesto filantrópico, pues, si bien su fisonomía recordaba sin lugar a dudas a la de un mefistofélico querubín, estaba muy lejos de ser mi ángel de la guarda. Él me necesitaba a mi, yo lo necesitaba a él y la droga nos necesitaba a ambos. Las cartas sobre la mesa... y un as siempre en la manga... por si acaso.
Ocurre que, en ocasiones, el destino nos conduce a través de la paradoja, y la vida, amoral por definición, camina a menudo de la mano del mal.
Sin tiempo que perder me dirigí al punto de encuentro preparándome mentalmente para ejecutar una vez más la vieja representación y descubriendo, otra vez demasiado tarde, que la concentración en una tarea puede hacer olvidar, entre otras cosas, el estremecimiento que puede llegar a producir la voz adecuada al otro lado de la línea, o, como en este caso, su ausencia.
- ¿Vamos?
- ¡Vamos!
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