Salto en miles de Pata!

Las manzanas del cerro San Cristóbal


Eran las 5 de la mañana y ya lo tenía decidido. Lo pensó una y otra vez, descartó las posibilidades más fáciles, para hacerlo más difícil, como hace todo hombre cuando cae en el azar. Pero esto no era azar, era una suerte obligatoria. Las decisiones no se toman, se tragan. Ella memorizó esa frase tiempo antes, sabía que debía hacerlo, tarde o temprano a todos les toca, no importa cuando te retengas a caer en esa dulce tentación, la primera y última de todas. Sabía que había muchas historias al respecto, no creía en esos cuentos. Era una chica y los chicos no están al porte de ninguna idea, no están obligados a creer en la ciencia o en la siesta, ella sabía que algún día creería.
-¿Tú crees en Díos Matilde? , le preguntaba su compañera, la que tenía las piernas más espiadas bajo la escalera.
-No, me da lo mismo. ¿pa’ qué voy a creer?. Oye Gaby ya déjate de pensar cuestiones, nada te va a quitar el dolor, ni controlará la ira de los demás. Nada hará que tu vida sea un cuento largo y dulce sin necesidad de una medicina. Al final todo se olvida.
Era su respuesta obligatoria, tenía un repertorio de negativas según fuera la persona: “Ay no sé, las preguntas”, esta era si el curioso en cuestión estaba por debajo de ella, no razonaba mucho o no tenía ganas de elaborar curiosas respuestas; “Es que igual depende, yo creo que no importa mucho. Si eres bueno, derechito pal cielo, creas o no creas”, así contestaba cuando el ánimo la perseguía, tenía o quería alegría.
Así guardó cada frase y aprendió a no iniciar jamás ninguna conversación, todo termina con, por o gracias a Dios. Habló poco los últimos años del colegio y en la universidad únicamente pensó. Pensó tanto que un día a las 4 de la mañana lo decidió. ¿Qué más le podía pasar en su vida? Decidió no ser madre ni esposa, empleada o empleadora. Sabía que todos sus pasos acabarán, sin importar lo que habrá bajo las suelas de sus zapatos. No dirá ninguna palabra más, sin importar lo fascinante de su última frase conjugada. No respirará nunca más y por eso no importaba, que su último olor fuese el que ella amaba, alguien ya había exprimido su media naranja. Ya nada importaba. Puede que su curiosidad mate hasta el último pela gato de su mente y que el dicho, por fin, tenga algo de decente. No importaba, conocer a Dios bastaba, ningún otro recuerdo interesaba.
No sólo lo conocería, sino lo desafiaría. Ella merecía conocer la verdad, sabía cosas que nadie sospechaba, ella sabía que cada diez pasos en reversa se encuentra una moneda de un peso, que cuando cierras lo ojos y los abres muy rápidamente, arriba de una banca, en una plaza entre dos calles muy anchas, se ven burbujas de colores deslumbrantes. Sabía que la última muñeca de la juguetería siempre sonreía, y finalmente, ella sabía lo más importante. Y ese día a las 5 de la mañana lo comprendió, agarró una cuerda, bajó las escaleras, abrió la puerta de su casa en Maipú, pasó calles, avenidas y kilómetro tras kilómetro en su espalda pesaba su vida, ella lo sabía. Llegó al cerro San Cristóbal y frente al árbol más grande se paró. Había amanecido y el final estaba decidido. Hizo un aro con la cuerda, sus manos temblaban, ella sabía la pregunta pero temía la respuesta. Amarró la cuerda al manzano, saltó, sacó una manzana, la mordió y desafiante gritó: -¡Dios!


On March 27 2009 Edit







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