Una de las maravillas del cine es el modo en que nos permite monitorear la evolución de la vida de los actores. A veces esa evolución es deprimente. Pero en el caso de Schneider, es ejemplar. Recuerdo haberla visto por primera vez en Boccaccio 70 (1962), cuando tenía unos 23 años de edad. Era una belleza extraordinaria e intepretaba a la esposa de un aristócrata aburrido, que sólo podía excitarse si ella fingía ser una prostituta. Desde entonces, Schneider ha hecho mucho cine, en algunos casos en Estados Unidos, pero su regreso a Francia y a los films de Claude Sautet han sido una celebración de su creciente profundidad y madura belleza.
En www.cineclubnucleo.com.ar
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Una de las maravillas del cine es el modo en que nos permite monitorear la evolución de la vida de los actores. A veces esa evolución es deprimente. Pero en el caso de Schneider, es ejemplar. Recuerdo haberla visto por primera vez en Boccaccio 70 (1962), cuando tenía unos 23 años de edad. Era una belleza extraordinaria e intepretaba a la esposa de un aristócrata aburrido, que sólo podía excitarse si ella fingía ser una prostituta. Desde entonces, Schneider ha hecho mucho cine, en algunos casos en Estados Unidos, pero su regreso a Francia y a los films de Claude Sautet han sido una celebración de su creciente profundidad y madura belleza.
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