Capítulo Ocho. Segunda Parte.—Mami, por favor, ¿me podrías cortar un melocotón?
Alex eligió el más grande que había en el cuenco azul y se lo pasó a Vanessa.
Ella lo aceptó y comenzó a pelarlo con un cuchillo. A la cabecera de la mesa preparada en la amplia terraza que daba a la playa, Zac Efron estaba sentado de forma relajada, con una copa de Chablis frío en la mano.
El almuerzo había sido extraño. Hacia fuera, había parecido completamente normal, con Alex hablando con ambos. Toda la conversación se había centrado en él; apenas había habido un intercambio directo entre ellos dos.
Vanessa se sentía envuelta en una sensación de absoluta extrañeza. Era como si todos los sentimientos, todos los pensamientos, hubieran quedado suspendidos. Como si hubiera pasado a un estado más allá de la emoción.
Experimentaba un agotamiento extremo y total del espíritu. Ya no podía asimilar nada más.
Y esa sensación seguía con ella mientras estaba sentada frente a Zac y pelaba el melocotón para su hijo.
—Toma, cariño —empujó la fruta preparada en dirección a Alex.
El pequeño comenzó a comerla con gusto, musitando un «gracias» mientras lo hacía. Luego, girando hacia el otro extremo de la mesa, dijo:
—¿Podemos nadar más después de comer? Por favor —añadió, luego frunció el ceño, desconcertado—. Por favor, señor... señor Ef... señor Efr...
Calló, sin saber cómo continuar.
Zac dejó la copa de vino.
—No tienes que llamarme señor Efron, Alex —indicó.
Y de pronto, cada nervio en el cuerpo de Vanessa se tensó. Con desesperación, adelantó el torso, pero demasiado tarde, Zac hablaba otra vez, con voz cauta, casi inexpresiva, como si sopesara cada palabra con extremo cuidado.
—Alex, dime una cosa. ¿Alguna vez tu madre te habló de tu papá?
Vanessa contuvo el aliento. «Dios, se lo va a decir ahora...Y no he tenido tiempo de prepararme. De prepararlo a Alex».
—Alex... —dijo con voz débil.
Su hijo no la oyó. Mientras se acababa el melocotón, miró al hombre que había formulado la pregunta.
—Mami dice que no tengo. Dice que no todos los niños tienen papás.
—¿Te gustaría uno?
Había reserva en la voz de Zac. Sonaba muy neutral. Vanessa trató de captar su mirada, de detenerlo. Pero fue inútil.
Alex frunció el ceño.
—Sólo si es bueno. A veces, donde vivíamos, los papás no eran buenos. Gritaban y decían malas palabras. Cuando hacían eso, mami entraba en casa con rapidez y cerraba la puerta.
El rostro de Zac se ensombreció ante la descripción inocente de Alex sobre la clase de entorno en el que se había criado.
—Pero si hubiera un papá bueno para ti, que no gritara, ¿te gustaría?
—¿Estaría enfermo, como el abuelo?
Hubo una nota de temor en la voz del pequeño.
—No. Estaría bien. Podría jugar al fútbol contigo. Y nadar. Tirar piedras en el agua para que rebotaran.
Los ojos de Alex se abrieron mucho.
—¡Como puedes hacer tú!
—Sí, como yo puedo hacer —tensó la mandíbula—. De hecho... Quizá yo sería un buen papá.
El pequeño se quedó quieto. Muy quieto.
—¿Serviría yo, Alex, para ser tu papá? ¿Si tú lo quisieras?
Ante sus ojos, y sin quererlo, Vanessa sintió que la imagen de su hijo se tornaba borrosa.
—¿Sólo para las vacaciones? ¿Como ahora? —quiso saber, con cautela en la voz.
—Por el tiempo que tú quieras, Alex. Pero podríamos empezar ahora, ¿no?
Durante largo rato, Alex sólo lo miró. Luego, se puso de pie y corrió junto a su madre.
—¡Mami! ¿Podemos? ¿Podemos tener un papá?
Tenía el rostro encendido y expectante.
Lleno de esperanza.
Vanessa tragó saliva y cerró los ojos.
—Si eso es lo que quieres, cariño, por supuesto que puedes. Claro que... que puedes.
—¡Oh, mami! ¡Ahora tenemos un papá! —exclamó—. ¡Ahora tengo un papá! —se volvió hacia el hombre que le había hecho esa oferta maravillosa—. ¿Podemos empezar ahora? ¿Por favor?
Zac asintió.
—Sí, podemos empezar ahora.
La visión de Vanessa se hizo todavía más borrosa.
Mañana el nueve =)
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hay se desmayo otra ves!?
pobre ness
tanto sufrimiento!
ame el cap!
besos
q andes re bien