*Siempre cerca
7/9/09
Dejé el internado un lunes, sin avisar ni decir a nadie a dónde iba. Ni siquiera pensé que se me echaría en falta. Poco me importaba. Mi lugar estaba junta a Marina. La instalamos en su cuarto. Su catedral, ya terminada, la acompañaba desde la ventana. Aquél fue el mejor edificio que jamás he construido. Germán y y onos turnábamos para velarla las veinticuatro horas del día. Rojas nos había dicho que no sufriría, que se apagaría lentamente como una llama al viento.
Nunca marina me pareció más hermosa que en aquellos últimos días en el caserón de Sarriá. El pelo le había vuelto a crecer, más brillante que antes, con mechas blancas de plata. Incluso sus ojos eran más luminosos. Yo apenas salía de su habitación. Quería saborear cada hora y cada minuto que me quedaba a su lado. A menudo pasábamos horas abrazados sin hablar, sin movernos. Una noche, era jueves, Marina me besó en los labios y me susuró al oído que me quería y que, pasara lo que pasara, me querría siempre.
Murió al amanecer siguiente, en silencio, tal como había predicho Rojas. Al alba, con las primeras luces, Marina me apretó la mano con fuerza, sonrió a su padre y la llama de sus ojos se apagó para siempre.
Tú también no.... no te vayas...