Alfareros moldeando letras, palabras, textos...
6/7/09
Después de tres años de carrera, y después de pasar tantas horas entre las mismas cuatro paredes, podríamos contar muchas cosas, podríamos ponernos melancólicas recordando los momentos que ya nos se van a repetir… pero es que nosotros somos ya prácticamente logopedas, y como tal, debemos respaldar nuestra profesión. En estos tres años, han sido varios los profesores y muchas las ocasiones, en las que se nos ha dicho que tenemos que darnos a conocer y luchar por una profesión tan bonita como la nuestra. En un día como hoy, queremos recordar a los presentes y demostrar a los que no lo saben, lo que es un logopeda.
Los logopedas somos:
Artistas, cuando cantamos, bailamos, escenificamos, cuando convertimos en animados objetos que no lo son, y cuando inventamos cuentos.
Pintores de sonrisas, y fabricantes de esperanza.
Detectives, en busca de la fuente del problema y de la solución.
Rescatadores, sacando a otro ser humano de la desconexión que supone no poder comunicarse con los demás. Rescatadores de palabras, de símbolos, de gestos, de sonidos o de miradas.
Magos, cuando consigue hacer aparecer voz de la nada.
Filólogos, cuando inventamos lenguajes que parecen imposibles.
Payasos, cuando hace falta sacar a flote una sonrisa o un poquito de ilusión.
Somos deportistas y buenos perdedores, porque los pacientes siempre nos ganan.
Trapecistas caminando sobre una cuerda, porque ser profesional y humano, no siempre es fácil.
Gondoleros y guías de los que se ponen en nuestras manos.
Devotos de todos y cada uno de los pacientes que pasan por nosotros.
Orfebres de maravillosas palabras, que cobran todavía más valor cuando vienen de un niño.
Submarinistas que navegan por el cerebro, buscando preciados tesoros que sacar a la superficie.
Adivinos, cuando ellos no nos pueden decir claramente, lo que les pasa o lo que sienten.
Alfareros moldeando letras, palabras, textos…
Ayudantes de personas excelentes, con mucho que demostrar y mucho decir, que sólo necesitan un empujón.
Los reyes de los depresores, las praxias, el belcro y las tarjetas plastificadas, del cicerón, las velas y los pomperos.
Cautos con las expectativas, y críticos con su propio trabajo. Porque cuando la vida de alguien está en nuestras manos, tenemos que dejar el orgullo a un lado, reconocer nuestros errores y saber rectificar.
Y es que, mientras para unos no existimos, o somos los que arreglamos los pies, para otros somos una luz en el fondo del camino, un faro, que convierte en claridad, momentos muy oscuros. Nosotros, en muchas ocasiones, abrimos las puertas de un derecho tan básico como la comunicación. Los sacamos del aislamiento de no poder hablar, escuchar, comprender, de no poder salir a la calle y hacer una vida como la de cada uno de nosotros.
Siempre habrá momentos malos, pero en ellos, sólo tendremos que recordar la sonrisa de satisfacción de alguno de nuestros pacientes. Y es que nadie mejor que ellos para aclararnos el camino y darnos fuerzas para seguir adelante. No importa la consideración que los demás le den a nuestra profesión, siempre y cuando, nosotros sepamos valorar nuestro trabajo, y tengamos bien claro que ahí afuera, hay mucha gente que nos necesita, y que estos tres años no han sido en vano.
Hoy no estaríamos aquí y en un futuro no estaríamos ejerciendo como logopedas sin la ayuda de nuestros profesores. Alrededor de 30 profesionales, entre asignaturas anuales y cuatrimestrales, troncales y optativas, nos han instruido, encaminado, aleccionado, desesperado y examinado. De todos hemos aprendido, sobre todo, de los que mostraron interés e ilusión en su trabajo. Un claro ejemplo es el de la profesora que hoy, muy amablemente, nos amadrina. La profesora Montserrat Durán, Montse para nosotros, ha sido a lo largo de estos tres años, no sólo nuestra profesora de evaluación y de modificación de conducta, sino la persona a la que siempre recurrimos para que nos solucionara los problemas. Siempre nos ha ayudado y recibido sin ningún tipo de problema, y eso que ocupábamos su despacho constantemente. Siempre hemos visto a la profesora Montserrat, como una profesora cercana a nosotros y dispuesta a tender una mano a lo logopedia y a los logopedas. Por eso, nosotros quisimos que fuera ella quien nos acompañara en este día. Gracias por estar aquí hoy, y estos tres años.
No solo aprendimos sobre patologías, diagnósticos diferenciales, de intervenciones y rehabilitaciones: también aprendimos que “a lingüística é como unha vaca cortada en filetes”, que nuestros profesores no son cucarachólogos, a tener paciencia en la cola de reprografía, de las dotes ocultas de los escandinavos, de la salivación del pobre perro de Paulov, de pinchoncitos y palomitas, descubrimos ciertas actividades de los monos bonobos que la ciencia omite, sobre normas apa y lecturas interminables, de que algunos de jóvenes también se tomaban algún chupito. Hemos ejercitado nuestra capacidad de coger apuntes y experimentado extrañas formas de hacernos callar (la V de cata que haríamos), aprendimos a ponernos en parejas de dos o parejas de tres, a segmentar verbos en suagili, que si el abuelo está enfermito que se aguante, que se pueden dar masajes con pelotas de tenis… Vivimos muy intensamente las ansiógenas exposiciones de trabajos, con sus fallos de psicomotricidad, tics nerviosos y disfemias. ¡Y todo esto en un edificio en donde los relojes siempre estaban marcando las 11:20! Hay muchos momentos que recordar, pero sin duda uno que no se borrará de nuestras mentes, es como aprendimos cómo se activa el sistema nervioso simpático en nuestra propia piel.
Ya que tenemos la oportunidad de hacerlo públicamente, queremos agradecer a nuestro compañeros los grandes momentos que vivimos con ellos en este tiempo. Mención especial se merece la delegada, Belén, que ha trabajado y se