...tristeza infinita*
11/7/09
Fuera hace una tristeza infinita.
Tiñe las calles, empaña los cristales y se te mete en el alma como el frío más intenso del invierno. El sol no puede con la tristeza infinita. Es transitoria e imperfecta. Densa y profunda. Implacable.
Hoy todo ha amanecido distinto. Ni siquiera había sol para contrarrestar la pena o la nada. Pierdo la vista hacia dentro y entre los cristales rotos de mi pecho atisbo en la lejanía y mar adentro, y más adentro, casi en el fondo, un barco triste, destinado a naufragar. Las palabras ajenas, afiladas como puñales, le van hundiendo. Y también las broncas, los reproches, las decepciones. Y sus tripulantes: los sueños consumidos, rotos, arrancados, piden a voz en grito órdenes al capitán, ese órgano palpitante que ahora ya está a punto de expirar. Ella y su mirada perdida, oscura, triste, y ahora brillante por las lágrimas mezcladas con el agua del mar, ni siquiera tienen fuerzas para lanzarse al agua y nadar. Quizá espera que su capitán de un discurso emotivo, de esos de despedida que perduran en el tiempo. Si es que aún queda. No sabe si lo que hace es de valientes o de cobardes. Pero la cobardía siempre es más rápida. Pesada. Podría decirse que hasta mortal.
Mi habitación es mi refugio, mi bote salvavidas, pero sólo para un rato. Lo suficientemente grande para albergar una existencia tan ínfima y mediocre como la mía. Lo suficientemente estrecha para no dejarme respirar.
Hay gente que huye de la muerte cuando la ve de cerca. Pero si lo consigue, sólo lo hace por un tiempo. La muerte es lista y sabe jugar. Te da toda una vida de ventaja pero siempre te alcanza. Tarde o temprano. La muerte no entiende de sentimientos, tampoco de velocidades. Sólo de ocupar espacios, de agrandar tragedias y de cobrarse sus recibos de vida.
Por eso, si viene, la espero tranquila. Fumando un cigarro. Exhalando calma. Y como soy educada, puede que hasta la invite a entrar.
Pero lo cierto es que hablo mucho pero no sé de casi nada. Probablemente así sea. Me estoy hundiendo lentamente y en lugar de correr por mi vida, y echarme a nadar, sólo se me ocurre en un último acto de aparente heroicidad, llenarme una copa de resignación y escribir en un último acto de fe, las palabras que una vez ahogada, quedarán flotando mudas en mi garganta. Un testimonio último e íntimo. Inservible pero eterno.
Y me ahogo, y fuera, el sol se ha apagado y nadie le ha vuelto a encender. Oscuridad. Y el barco es succionado por la fuerza de la gravedad, y el capitán se aferra al timón en el último momento, cerrando los ojos para no ver. Esperando el milagro, el final feliz de las películas. El despertar de la pesadilla. Pero sin embargo, cae. Y sus sueños mueren. Y ella muere. Y todos muertos.
Puede parecer dramático. Otros dirán que es comedia. Todos sabemos que tanto la tristeza como la alegría son igualmente fotogénicas.
No subo la persiana porque fuera hace una tristeza infinita. El cielo está gris plomizo. La fiebre me consume y hay marejada en el centro de mi alma. Acecha la amenaza. No he tenido más remedio que ponerme a escribir para darle cierto color a mi vida, pero escribo en tonos grises, vacía de inspiración, y sólo he conseguido emborronarla. Y es que con el agua al cuello es difícil que la tinta perdure. Si alguna vez lo hizo, ya no. Ya no cuaja.
Y me ahogo. Y ahora si que si, ya nadie puede hacer nada.
[ ...Dando gritos hasta morir de frío... ]
Quiero un texto esperanzador, por dIOS!!!
te quiero cosita, and u know: ANIMO!