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~17 ¿Qué esconde Demetrio Latov? Capítulo uno.

Demetrio Latov se ha hecho muchos amigos en la escuela, pero ninguno sabe su gran secreto: pertenece a una familia de vampiros. En esta nueva aventura, tendrá que cumplir con una importante misión, mientras sigue descubriendo aspectos ocultos de su historia…
                               Diario de Demetrio Latov

                                          En sierra Alta y sin mi diario,
                                  Sábado 22 de febrero

        Me sacan sangre todo el tiempo, no sé quién es el verdadero vampiro en esta historia. Ya es hora de ir volviendo pero todavía sigo acá y, mientras mis compañeros preparan las mochilas para ir al colegio, a mí me cuentan ochenta veces las plaquetas y los glóbulos. Pensé que todo iba a ser más rápido y no, me tienen inmovilizado. Aunque “inmovilizado” es una manera de decir; puedo caminar por todos lados, subir y bajar sierras, ir al pueblo.
        Me compré este cuaderno en el almacén. Ahí venden de todo, desde azúcar hasta alpargatas. Me olvidé mi diario en casa, estoy seguro que lo dejé en la mesita de luz; espero que a mi abuela no se le ocurra leerlo, cruzo los dedos. Y como no tenía en dónde escribir, la primera vez que fui con mis padres a hacer las compras le pedí a Dolores un cuaderno. Y me dio este. Así que estoy escribiendo mi vida en un cuaderno cualquiera, mientras mi diario se toma vacaciones en casa.
        Poco a poco las cosas que me pasan irán apareciendo en estas hojas. El año pasado tomé la costumbre de escribir después de que mi tía Eulalia me regalara un cuaderno de tapas rojas (el olvidado), en el que decía Mi diario, en letras doradas. Me acuerdo que al principio no sabía qué poner, pero apenas habían pasado unos días, no podía dejar de escribir. Escribo lo que siento, las charlas con los demás; soy muy bueno para eso, me acuerdo de todo lo que se dice en las conversaciones. Creo que esa cualidad me va ayudar cuando sea actor, de grande.         En fin, acá estoy, en Sierra Alta, de vacaciones con mis padres. Ellos no son como los otros, que tiene que volver para ir a trabajar. Tienen todo el tiempo del mundo, entonces aprovechan para quedarse y pedir que me hagan análisis y otra vez análisis. Cada vez que vamos a lo del doctor Runes, le dicen que por las dudas me repitan las pruebas, que para eso vinimos, para estar seguros de que no tengo que tomar Sanrecol. El médico está totalmente de acuerdo con ellos. Al principio, yo estaba entusiasmado por saber los resultados, pero después, me hartaron. Aunque aparentemente no encuentran nada raro, dicen que hay que reconfirmar y recontar todas las células y glóbulos que andan por mi cuerpo.
        Pero no tengo ganas de hablar del médico y sus tubitos de ensayo, prefiero contar cómo la conocí a Dolores. Empiezo. Dolores es la hija del almacenero, la única amiga que hice hasta ahora, bueno, es que en este pueblo no hay muchos chicos. Ni muchos grandes.
        La primera vez que la vimos, mi madre empezó:
    --Mirá, una chica de tu edad.
    --Acercate a charlarle –la siguió mi papá.
        Qué pesados. Igual Dolores se adelantó a cualquier decisión que pudiera tomar yo. Asomó la cabeza por encima de las cajas de galletitas y nos preguntó qué íbamos a llevar. Se apuraba por traer lo que le pedían mis padres, como si quisiera hacer todo bien para que dijéramos: “ah, que buena chica”. Y mis padres se lo dijeron:
    --Pero qué chica tan trabajadora.
    --Qué buena chica.
        Ella dio las gracias y no paraba de hablar. Me pareció divertida, pero no me animé a decirle nada porque estaban mis padres adelante, mirando todo el tiempo con sonrisa tonta. Ahora ya no me importa y cuando voy nos ponemos a conversar.
       Ayer hablé con mi abuela y le pregunté cómo andaba mi lobo Rouch. Me dijo que lo había visto pasearse muy tranquilo por el fondo del bosque. Lo extraño. Y ya voy extrañando el fútbol con los chicos. Vendría bien algún partido. A la tarde me la paso pateando la pelota contra el paredón, pero me canso de jugar solo. Y extraño las charlas con Juanba. Y a Guille. La extraño tanto.

ABAJO!




On December 12 2009 1526 Views



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Lookingfornickj On 12/12/2009

    --Ah –suspiraría mi abuela, llenando otra vez la regadera--, justamente de eso se trata, de que no hagan desastres. Hicieron muy bien en llevarlo a Demetrio a ver al doctor Runes en Sierra Alta, para que él determine si mi nieto tiene que tomar Sanrecol.
    --Puras pavadas –contestaría tátara Lart --, llevar a mi tataranieto a ver si tiene que tomar esa porquería, a comprobar si es un vampiro auténtico o no. Claro que es uno auténtico, de la mejor calidad, quién lo duda. Lo que no entendemos es por qué quieren frenarle sus instintos más profundos.
    --Para que sea un chico sano y normal –luego de estas palabras, mi abuela dejaría la regadera junto al árbol y daría las buenas noches para irse a dormir a la casa.
        “Un chico sano y normal.”No sé si estas serian las palabras. Lo que sé es que tantos análisis para ver si soy un niño normal o un vampiro me tienen nervioso.


Fin del primer capítulo, espero que les comience a gustar la nove :D


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Lookingfornickj On 12/12/2009

    --¿A quién se le habrá ocurrido inventar ese remedio infernal? –continuaría mi bisabuela Niní, enterrada en el otro extremo del semicírculo.
    --Ya saben quién lo inventó –contestaría mi abuela --: el doctor Rotan, mi suegro, un sabio.
    --Ese gusto picante, ¿de dónde lo habrá sacado? –preguntaría mi otro tátara Romualdo.
    --De la pulalis morde, la planta base de este remedio increíble –continuaría explicando mi abuela sin parar de rociar las tumbas con la regadera--. ¿Me querrían decir qué hubiera pasado si no existiese el Sanrecol? ¿De qué otra manera hubiéramos podido controlar sus instintos vampirescos y los míos también?
    --Yo sé de que otra manera –diría el tátara Lart.
    --¿Cuál?
    --¡Salir de estas tumbas e ir a chupar cuellos a la ciudad! Volver con la panza llena de sangre ajena. Ah, qué lindo seria, como en las viejas épocas. Nos quedaríamos calmaditos por un buen tiempo.


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Lookingfornickj On 12/12/2009

                           Lunes 24 de febrero

        Otra vez lo vi al doctor Runes, el de los anteojos gordos. Siempre parece reconcentrado, cuando alguien le hace una pregunta responde a medias, nunca se sabe si está hablando para adentro o para afuera. Sigo sin sabe en qué estado me encuentro, qué piensa de mi, voy a tener que tomar Sanrecol o no, si me van a dar ganas de chupar sangre ajena o no me voy a poder controlar, o si me convertiré en un ser maligno por el resto de mi vida.
        Me gustaría conversar estas cosas con mis parientes muertos, los que están encerrados en las tumbas del jardín, allá, en mi casa de la montaña. Mi abuela no vino con nosotros, para poder cuidarlos y rociarlos con Sanrecol todas las noches. Me los imagino charlando con mi abuela, mientras ella los riega:
    --Por favor, no eches más de esa basura perfumada –diría el tatarabuelo Lart, su voz profunda atravesaría la lápida que lo mantiene quieto debajo de la tierra.
    --Eso –agregaría mi tatarabuela Argenta --, ya nos tienen bastante adormecidos, ¿qué más quieren de nosotros?

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