IX
7/13/09
...Me puse a darle vueltas. Yo nunca le había gustado a un tío, al menos que yo supiera. La sensación me resultaba muy extraña, aquello debía de incomodarme, de resultarme violento pero, en lugar de eso, lo jodido es que no me importaba en absoluto. Incluso yo notaba que hasta me gustaba un poco.
Traté de dejar de pensarlo porque me estaba poniendo malo pero no podía. Cada vez me imaginaba a Tomás más cerca de mí en aquel banco de los billares y en lugar de sentirme intimidado por su proximidad sentía un calor en las sienes insoportable que me bajaba por la nuca abrasándome la columna.
De pronto me empalmé. No lo hice a propósito, no soy un marica, pero me empalmé. ¿Qué me estaba pasando? No podía controlarlo. Hice todos los esfuerzos que pude por pensar en otra cosa. Nada daba resultado, estaba cada vez más cachondo. Me bajé los pantalones y los calzoncillos. Me masturbé con más ganas que nunca. Me corrí en dos minutos. Puse la cama perdida.
Cuando todo había pasado, me quedé tumbado boca arriba en la cama y lloré durante horas como un puto crío. Nunca llegaría a perdonarme aquello.
Al día siguiente en el instituto, en uno de los pasillos me crucé con Tomás. Llevaba intentando evitarle desde primera hora pero en el descanso ahí estaba él con su cara de bobo. Pasé de largo sin casi mirarle y me fui con Sergio que estaba con unas de primero. Estuvieron un rato riéndose sobre alguna entretenidísima memez suya pero yo ni me enteraba de lo que decían. Me pasé todo el día pensando, completamente al margen de lo que los demás hablaban.
A la salida esperé a Tomás y cuando le vi salir me dirigí hacia él.
–¿Podemos hablar? –le pregunté.
–Claro –contestó.
Entonces le dije que me siguiera, que quería ir a un sitio donde pudiéramos estar tranquilos.
Fuimos a la parte de atrás de una nave industrial del polígono por la que nunca pasaba nadie. Cuando llegamos ni hable. En cuanto estuve seguro de que nadie nos veía, metí la mano en mi bolsillo y saqué unas tijeras que había cogido de clase. Me lancé contra él con ellas en la mano y con más mala hostia que nunca en mi vida. Clavándoselas en el pecho y en la garganta grité como un loco. Estaba completamente fuera de mí.
Sólo cuando oí que un coche se acercaba reaccioné un poco y salí de allí corriendo dejando a aquel maricón chorreando sangre en el suelo.
En las pelis dicen que cuando matas a alguien te encuentras en un estado de semiinconsciencia que ves las cosas como si estuvieras soñando porque pasa todo así como a golpes. Dicen que parece que andas medio flotando.
A mí no me pasó nada de eso. Desde que salí del polígono y hasta lo de la policía estuve la leche de tranquilo. Incluso después, cuando intentaba explicárselo y ellos no entendían una maldita mierda tampoco me inquieté ni un poquito.
Luego, después de todo aquello, ya las cosas se pusieron feas de verdad. Incluso tanto que a veces casi se me olvida lo que me trajo hasta aquí.
De vez en cuando tengo que hacer verdaderos esfuerzos por acordarme de todo. Yo creo que es un síntoma claro de que me estoy curando.
Estoy seguro de que en la próxima evaluación el psicólogo va a empezar a tenerlo en cuenta. Estoy segurísimo.
*** Joe Crepúsculo - Gabriela
uff...