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Gus

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Roto, apaleado y marcado
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Roto, apaleado y marcado

7/17/09
Era una persona tranquila, noble, inocente. Su mirada era decidida, enérgica, limpia. Durante su juventud, la vida le dió palos. Era como un combate constante. Pensaba que todo transcurría en un ring donde no dejaban de atacarle. A veces le daban palos que no esperaba, y esos duelen. A veces le dio palos quien no se esperaba. Y esos duelen mucho. Así fue pasando el tiempo y con él la vida, y así, aprendió a esperar todo tipo de palos y de toda clase de personas. Como cantó Loquillo, “a fuerza de golpes, se convirtió en fajador” y así fue pasando la vida y con ella el tiempo. Esquivando tantos palos como le era posible, y encajando los pocos que aún le conseguían colar. Sabía cuál era su juego, y procuraba jugarlo siempre limpiamente, con honestidad, pero entregándose por completo en cada asalto. Se mantenía lejos de quien pudiera tirarle golpes bajos y hacía caso omiso de los desafíos que sabía que no le harían crecer en ningún sentido.

Pero un día decidió que tenía que superarse. Necesitaba ir más allá de lo que conocía y poner a prueba lo que pensaba que sabía. Así que se subió a un ring de nuevo. A aquel en el que siempre se había preguntado si sería capaz de aguantar siquiera un asalto.

Creía que con todo lo que sabía sobre encajar golpes, no podrían tumbarle. Que de nuevo evitaría o pararía cualquier palo. Sin embargo, es imposible saberlo absolutamente todo acerca de algo, y a pesar de toda la confianza que tenía en sus posibilidades – más bien a causa de ella – el golpe entró. Rápido. Seco. “Imposible” pensó. “No es un golpe tan rápido como para no verlo venir. No es tan fuerte como para no poder encajarlo.” se dijo. No había sido tan traicionero ni tan duro como otros que se había llevado, y a pesar de ello, mientras se hacía esas observaciones, cayó de culo sobre el ring, con los brazos inermes a sus costados.

Sintió una gran frustración. Todo lo que había aprendido no le había servido de nada. Pensó en colgar los guantes. En dejar de esforzarse, no volver a levantar los brazos. Simplemente quedarse ahí, contemplando su propia derrota, de culo sobre la lona. Pero también pensó en todo lo que le había llevado hasta allí. Cada golpe anterior, cada mordisco de impotencia en cada ocasión que había creído que no conseguiría salir adelante y también pensó en cómo había apretado los dientes siempre en cada una de esas situaciones, y cómo, levantando siempre las manos para defenderse, sacando fuerzas de flaqueza y haciendo de tripas corazón, había conseguido ponerse en pie nuevamente y llegar hasta ese sitio donde en ese preciso momento, después de tantísimo tiempo, le habían vuelto a mostrar su vulnerabilidad. Por tanto decidió hacer lo único decente que sabía hacer:
levantarse e intentar demostrar de nuevo que ese era su juego. Que no había trampa ni cartón. Que no pensaba echarse atrás y renunciar a todo lo que tenía, que sólo podía seguir siendo como había sido, porque era lo único que sabía ser.

Perdió ese combate, como había perdido muchos otros mucho tiempo atrás, pero también ganó. Ganó al aprender que hay más golpes que los que no te esperas, o los de quien no te esperas. Ganó al saber que un adversario fuerte o rápido no tiene porque vencerte, ganó al darse cuenta de que no todos los rings tienen cuerdas alrededor, ni todos los golpes se dan cuando estás en uno. Aprendió que definitivamente, los golpes que te mandan abajo sólo entran cuando tiendes los brazos y bajas la guardia. Aprendió que ésos no se pueden parar porque la mano que te derriba no sale del brazo, sale del corazón, y sólo con el corazón se puede encajar el golpe y ponerse en pie de nuevo.

Y sobre todo ganó porque aprendió que a pesar de las caídas, de los manotazos, del dolor, de los palos, de las decepciones, de la rabia, de la frustración, del cansancio enorme que en ocasiones sentía, a pesar de todo eso, seguía teniendo a alguien por quien seguir luchando.

Guestbook Comments (1)

Sigo sin ver el final de la peli..pero a fin de cuentas, ninguno vemos el final de la nuestra.

Lo cierto es que pase lo que pase, hemos de seguir encajando todos esos golpes: Los esperados, los que no se esperan, los bajos, los que salen del corazón.

Cada golpe deja, sin duda, una marca. Y esa marca se tornará del color que nosotros decidamos. Porque pueden encajarnos golpes sí...pero lo que no pueden hacer es decidir por nosotros la medida en que tales ganchos nos dejen de doler..o no.

Me ha encantado esta actualización. Sin duda.

(Qué bonico eres conduciendo, leche!)

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