El amanecer se pegaba como velcro al cielo cuando Amanda llegó a casa. Con los zapatos en la mano, se deslizó hasta el salón y abrió con cuidado el aparador. Su mano temblorosa rodeaba la botella de brandy cuando una voz la hizo detenerse.
-Vaya, querida, no sabía que revolcarte en sábanas ajenas te diera sed - su marido se rió con aquella risa burlona que tan bien conocía.
Sigue...
http://daracatscully.blogspot.com/2009/11/nadie-tiene-derecho-hacerte-dano.html
las historias de Amanda son las que más honod me tocan el alma. Ese nombre suyo me destrosa, voy al blgo para seguir leyendo. Perfecta foto.