Brisa
Nunca tuvo suerte, sí imaginación. A pesar de la tragedia y del desenlace. La astucia no entiende de clases sociales. Sobreviviendo en una casa que más bien parecía una cueva. Sin luz, húmeda y desvencijada.
Jamás la vi comer. (Y eso que la invité muchas veces). De tan delgada su sombra apenas la perseguía a empujones, queriendo marcharse.
El primer día que hablé con la niña Brisa deambulaba por entre los coches, vendiendo collares que hacía por las noches en su cueva y a veces regalando poemas escritos en un papel de cartón.
Ese día, casi como en un susurro, me pidió que la llevara a la biblioteca pública.
Al llegar, caminaba por entre los estantes, rozando con la yema de sus dedos los lomos de los libros, sabedora de que la observaba y se detuvo en el apartado de poesía norteamericana. Leyó Hojas de Hierba y sus ojos se agrietaron cuando leyó:
“muero con los agonizantes y nazco con los recién nacidos, y
no quepo entre mi sombrero y mis zapatos”.
- Gracias por traerme. Voy a venir todos los días.
- Nada, no es molestia. Me alegro.
Y he seguido observándola cada día, tragándome diez minutos de cola, de tráfico insufrible, de cláxones histéricos por un poema y unos ojos desmadejados.
Un día me vio y me contó que desde aquel día iba a leer, pero que no podía sacar libros al no tener DNI.
- No existo, así que cada día voy y leo un pedacito. Doblo la página un poquito por si me olvido del número.
Cada día un pedacito, un suspiro que amaine su propia tempestad. Mientras se evapora y vuela, se contrae y se despliega, Brisa al leer, sueña. Y su vida se reduce a eso.
Y un día, su libro, el libro que olía a sus dedos, el libro que la hacía olvidar, el que tenía sus lágrimas impregnadas, sus esquinas dobladas en las páginas que la emocionaban, desapareció. Y buscó otro ejemplar, pero aquel ya no era suyo sino de otro. Aquellas palabras ya no eran dibujos de mazapán en un desierto valiente; sino millo seco, tostado, excedente de una producción atroz.
Por la mañana me buscó y dijo que se iba. Recibí su último poema, y me pidió mi dirección. Se fue Brisa, concediéndose un último vuelo.
No la vi más. Una semana después leí en los periódicos que “una joven fallece al ser atropellada en Caideros” y la noticia decía “que la joven, con aspavientos, había querido ser envestida”.
En sus bolsillos encontraron una suerte de versos por acabar y una carta cuya dirección era la de mi casa y cuyo título era “cómo quise conquistarte, Juan”.
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http://www.youtube.com/watch?v=kw74fH17C-w:)
el rincon donde la luna perdió los zapatos .. me gusto la frase! ^^ un beso cuidate :)