Pensar por sí mismo
12/14/09
¿Por qué para la mayor parte de la gente resulta tan difícil pensar por sí misma? Obviamente, por pereza.
Nos hemos olvidado de lo que significó para el curso de la historia el período en el que nos manifestábamos contra las fuerzas del Estado porque no representaban nuestros ideales.
Hemos dejado de lado las ideas revolucionarias que vivían latentes dentro de nosotros.
Somos una sociedad de individuos acomodados cuya mayor preocupación es mirarse por la mañana y sentir que siguen siendo el ombligo de su pequeño mundo, meter las manos en el bolsillo y sentir que hay suficiente dinero como para afrontar la vida que nos espera los próximos treinta días, hasta volver a meter las manos y volver a sentir que los bolsillos vuelven a estar llenos. El rico vive convencido de que se halla en el mejor de los mundos posibles, opinión que termina por imponer a toda la sociedad; de ahí que pocos se pregunten cómo mejorarlo. Ya no nos importa quien lleve el mando de nuestras vidas, tan rutinarias y monótonas y conformistas. Sí, somos unos vagos perezosos. Si nos lo dan todo servido en bandeja no nos vamos a esforzar ni siquiera en pensar. Pero, ¿realmente sabemos lo que eso conlleva?
Ha habido en España desde tiempos inmemorables una cierta desazón frente a la inteligencia del pueblo ante los potentes. El miedo a perder las posesiones y la supremacía monopolizada del poder del Estado, llevó a los ricos a implantar una educación elitista que no preveía la alfabetización de las grandes masas, consideradas un peligro público para el desarrollo aristócrata y burgués del Estado.
Con la Institución Libre de Enseñanza (1876), fundada por un grupo de catedráticos separados de la Universidad por defender la libertad de cátedra y negarse a ajustar sus enseñanzas a los dogmas oficiales en materia religiosa, política o moral, se abrieron los canales de expansión y difusión de ideas a nivel del individuo y de las grandes masas populares. Desde 1876 hasta la guerra civil de 1936, la ILE se convirtió en el centro de gravedad de toda una época de la cultura española y en cauce para la introducción en España de las más avanzadas teorías pedagógicas y científicas que se estaban desarrollando fuera de las fronteras españolas, pero la llegada de la dictadura supuso un gran paso retrospectivo, con la sistemática abolición de cualquier tipo de razonamiento alternativo al que la dictadura imponía. La dictadura educó encubriendo y silenciando aquella información que “tergiversaba” las inocentes mentes infantiles, planeó crear clones destinados al encefalograma plano, a aceptar hechos y resignarse a la opresión que el estado ejercitaba. En una sociedad civilizada, en la que imperaban estas dos formas de escisión, los pobres y los oprimidos sólo podían sobrevivir aceptando sin discusión las ideas y normas impuestas por los ricos y los poderosos, es decir, si se acoplaban a vivir en "la opinión de otro".
Pero como en toda situación, allí estaban aguantando los que se encontraban en el otro lado de la moneda, aplastados por el peso de ésta y teniendo que sostener a los que, a su vez, con su peso hacían más dura la resistencia.
Esos ideales que borbotaban bajo el gran manto de la ilegalidad, hicieron que, en el momento en el que fue declarada la tan ansiada democracia, estallaran grandes movimientos de revelación que manifestaban que había individuos que todavía pensaban. Seres superiores que habían resistido al apisonamiento mental que el estado había pretendido hacer.
Había llegado el momento de éxtasis tras la batalla, la victoria final, el momento en el que los derechos que tanto se habían anhelado volvían a estar vigentes en las calles.
El momento en el que el mundo dejó voluntariamente de pensar por sí mismo.
Tras habernos dejado el alma en el camino, tras haber luchado hasta las últimas posibilidades, tras haber conseguido la tan ansiada libertad, voluntariamente nos subordinamos a lo que otros, considerados por nosotros mismos superiores, nos dijeron. Es un claro ejemplo de negligencia, el nuestro.
Recordamos con nostalgia tiempos en los que, según nos cuentan, cada persona luchaba hasta la muerte por sus ideales, resistía lo inhumano con tal de no ser infiel a uno mismo. Y ahora todo lo que nos dedicamos a hacer es procesar y almacenar lo que una caja negra, situada en medio del salón, nos dice y nos relata, como si fuera la caja de la verdad, del conocimiento absoluto.
Y es que la comodidad de tener una vida planificada nos hace olvidar esa ilegalidad, que parece que siga vigente, que pesa sobre el pensar por sí mismo, ese punto ilícito del razonar, esa chispa que activa el complejo proceso de formarse y relacionar ideas en la mente.
Esa tan ardua tarea de pensar.