CAPÍTULO VI
EL PARTIDO
En verdad que tiemblo al escribir esa palabra fatal… en verdad que siento un vago terror al querer acerca el dedo a esa profunda y dolorosa llaga que aflige las entra-ñas de la sociedad, ¡Job de todos los tiempos!
Porque no hay que hacerse ilusiones: a pesar de cuantas pomposas y halagadoras definiciones quieran darse a la palabra partido, ésta será siempre la representación de una cosa funesta.
El partido en su esencia es contrario a los tres atributos de la Democracia: cari-dad, igualdad, libertad.
Es contrario a la caridad, fraternidad o amor, porque el partido es la división y el odio. Y es la división, porque una cosa es unión y otra reunión, y el partido no significa sino la reunión de unos para destruir la unión de todos; y es el odio, porque el antago-nismo político, descendiendo de las ideas al partido, se materializa, se hace persona y se convierte precisamente en enemistad y rencor.
Y he aquí cómo el partido destruye el primer atributo de la Democracia, que es la fraternidad.
Es contrario también a la igualdad, porque el partido dentro de sí mismo establece dos rangos: los que mandan, y los que son mandados; porque sin autoridad y sin su-misión el partido carecería de disciplina, y perdiendo esa triste y humillante necesidad, se disolvería.
Y he aquí cómo el partido destruye el segundo atributo de la Democracia, que es la igualdad.
Es contrario además a la libertad, porque el partido es la realización más completa del despotismo, sometiendo las voluntades de los afiliados a la voluntad de un comité, de una junta, de los que mandan, en fin, que llevando en sus manos una bandera en que se tiene la hipocresía de escribir el lema de una idea, arrastran tras de sí a los obedientes soldados que han sacrificado su voluntad ante el altar de aquel ídolo fingido.
Y he aquí cómo el partido destruye el tercer atributo de la Democracia, que es la libertad.
(...)
Plaga funesta, sí, que como epidemia mortífera introduce en el corazón de los pueblos el ponzoñoso germen de la corrupción y de la inmoralidad; de la inmoralidad, veneno terrible, jugo de la fatal manzana de los partidos, que cunde por todas partes, que en todas partes existe, visible, patente, palpable, inoculado en las costumbres, hecho conciencia pública, deificado y levantado como ídolo en medio del campo de la política, ¡Sodoma social de nuestro siglo!
Porque son los partidos los que fingiendo necesario el ayuntamiento nefando de la pureza de las ideas con el bastardo ejercicio de su ambiciosa acción, han hecho nacer el monstruo de la inmoralidad política, que ha enviado el soborno a tocar las puertas de la libre voluntad, ha establecido un bazar de la conciencia pública y hecho del solemne acto de las elecciones un vergonzoso juego de prestidigitadores, que dejan en el fondo de sus cubiletes ese cúmulo de inmoralidades que se llaman actas sucias y que son otros tantos padrones de ignominia con que se quiere ceñir la frente del gran siglo.
¡Ah, por más grande que seas, siglo XIX, no podrás arrancar de tu historia esas páginas de fango; cuanto mayores son tus luces, más claro alumbrarán esas grandes manchas!
Porque nada importa que los partidos tengan la pueril inocencia o la refinada hipocresía de decir que obran en nombre de las ideas y para las ideas; ¡no!, en nombre de la más pura de las doctrinas encendía también la Inquisición aquellas hogueras, cuyas cenizas han manchado la frente de toda una época; en nombre de la religión también echaban los viejos conquistadores al cuello de los pueblos las pesadas cadenas fabrica-das con el hierro de sus armas… ¡en nombre de Dios ha levantado el absolutismo sobre la sociedad el tremendo cetro de la tiranía!”
Extracto de DEMOCRACIA SIN PARTIDOS
Antonio Rodríguez López
La Palma, 1866