Amedeo Clemente Modigliani
7/9/09
Modigliani es el arquetipo del artista bohemio: una vida marcada por una mezcla de drogas, alcohol, mujeres, pobreza y enfermedad. Sólo alcanzó la fama después de muerto, pero mereció la pena lo que su extraordinario talento ha legado a la posteridad. Artísticamente, es uno de los más grandes pintores europeos de todos los tiempos y, sin duda, auténtico exponente de la verdadera inspiración como fuente creativa, evidencia que aguarda a los verdaderos pintores de enraizada vocación.
Modi fue amigo de todos. Su rechazo a la banda de Picasso, que finalmente derrotó a los partidarios de Matisse -el fauve terminó siendo asiduo visitante del bateau-lavoir, un antiguo y destartalado lavadero que era el cuartel general de Picasso-, no le impidió recibir el respeto del español, del que, sin embargo, nunca sería íntimo. Los escultores Lipschitz, Epstein, Archipenko y Brancusi; los pintores Kisling, Ortiz de Zárate, Vlaminck, Van Dongen, Utrillo y su madre Suzanne Valadon; los escritores Salmon, Jacob, Cocteau, Cendrars y Ehrenburg fueron sus compañeros frecuentes en cafés, talleres y fiestas. De la mayoría de ellos Modi realizó retratos, algunas de las más bellas pinturas del siglo XX.
Por más que Modi se relacionaba cordialmente con casi todos los miembros de la colonia internacional de artistas establecida en París, era considerado un marginal. Era la época en que los manifiestos comenzaban a circular. El primero de todos, producido por los futuristas italianos, le fue ofrecido para que estampara su firma, lo que pone en evidencia que los promotores de algunos movimientos de vanguardia no se preocupaban tanto por las ideas de los firmantes, como por la abundancia de firmas. De otra forma no se explica que los futuristas hicieran el pedido a un artista como Modigliani, que insistía mucho más en el intento de recuperar una línea de expresión que se hundía en el pasado, que en una ruptura absoluta. Modi no se suscribió a nada, y sin embargo fue probablemente uno de los artistas más revolucionarios de su siglo.
Un ejemplo de su sensibilidad descolocada en su tiempo -esta vez adelantando los años que vendrían- es su devoción por Los cantos de Maldoror, que sólo sería "descubierto" por la crítica y los surrealistas dos décadas después que Modigliani.
Era un mundo realmente extraño. Hay un episodio de la guerra que pinta elocuentemente esa cualidad surreal de la vida en París. Para el contraataque del Marne, el general Gallieni, comandante de la región de París, disponía de tropas, pero no de transporte. Tuvo una ocurrencia de dandy: contrató a los 600 taxis de París para llevar a los soldados a la batalla. Ese tipo de gestos era muy del gusto de Modigliani, que, una noche, decidió ir a la guerra, a pesar de que había sido rechazado por motivos de salud. Tal vez como no había taxis, o no tenía dinero para pagar uno, fue caminando, aunque a las pocas cuadras decidió detenerse un momento en un café, y terminó por olvidar su propósito patriótico.
Picasso dijo una vez: "Hay un sólo tipo en París que sabe vestirse: Modigliani".
Picasso dijo una vez: "Hay un sólo tipo en París que sabe vestirse: Modigliani; y hay solo un sólo tipo que sabe como vestirse para la playa: Tupapa".