EL HOMBRE DEL BOMBÍN ROJO
12/22/08
El hombre del bombín rojo salía cada mañana a pasear bien temprano.
Se levantaba siempre a la misma hora. Desayunaba una taza de té rojo con algo de leche, unas gotitas nada más, una tostada muy tostada con miel y un zumo de limón recién exprimido. Era capaz de apreciar lo mejor de aquel sabor agrio como la vida. Se vestía con uno de sus impecables trajes grises, se calzaba sus zapatos negros y relucientes, se arreglaba la pajarita, se calaba su bombín rojo sonriendo al incansable doble que habitaba en el espejo y salía a la calle. Veintitrés minutos desde que ponía su pie izquierdo sobre la alfombra, ni uno más ni uno menos.
Antes de bajar los catorce escalones que le separaban de la acera, se detenía para observar que todo había empezado a funcionar, aspiraba una fuerte bocanada de aire fresco, y descendía mientras la señora Crisol subía ruidosamente la persiana de la panadería que regentaba. Los jueves hacía pan de moras, el aroma inundaba la calle.
A esa hora el cielo todavía estaba gris, avanzó por la acera y saludó al señor Roca que estaba paseando al perro. El señor Roca siempre estaba allí a esa hora, deambulando con su perro, demasiado viejo para caminar, en brazos.
Pasó entre el viejo señor Anselmo y el Sr. Ramón. Allí estaban, cada cual a lo suyo. El viejo señor Anselmo tosiendo y temblando de pies a cabeza, cubierto con unas pocas hojas de papel con noticias ya olvidadas, desmenuzando con su vieja navaja el pan duro que le había dado la señora Crisol. El señor Ramón observando lo que hacía el señor Anselmo. Las testarudas greñas de la barba del señor Anselmo parecían abrirse de buen grado para sonreír cuando sus amigos, los pájaros, venían a picotear el festín que él les preparaba. Pero hoy no había pájaros. El señor Anselmo esperó… no había pájaros, alzó la mirada hacia las copas de los árboles cercanos, no había pájaros, intentó escuchar algún trino, aunque fuese lejano. Nada. No había pájaros. Se levantó ante la mirada del señor Ramón, doblo cuidadosamente su improvisada manta de papel, la colocó sobre el banco y guardó la preciada navaja. Esparció las migas de pan por el suelo junto a su esperanza y comenzó a caminar calle arriba, sacó un sobrecillo de tabaco de picadura y una hoja de papel de fumar. Al poco, solo quedó de él un efímero rastro de humo.
El señor Ramón se acerco al banco, cogió las pasadas hojas de periódico y se dispuso a leer.
El hombre del bombín rojo pasó ante la niña que jugaba sola a la charanga. La niña entonaba sin cesar la cantinela que parece cosida a ese juego. Le sonrió y siguió su camino.
Cuando llegó a su destino, se sentó en el banco. Unos operarios con mono azul estaban acabando de montar el columpio, ya era casi la hora, pero el hombre del bombín rojo sabía que acabarían a tiempo.
Los operarios terminaron su trabajo y desaparecieron. Al otro lado de la calle había un niño de unos cinco años, vestido de forma sencilla, un poco sucio. El niño cruzó y se sentó en el columpio y esperó. El hombre del bombín rojo se acercó hasta el sonriendo y empezó a columpiarlo suavemente.
- ¿Cuál es tu nombre, pequeño? – preguntó sin dejar de mecerle.
- Toni, ¿y el tuyo?
- Bienvenido, Toni.
- ¿Cuándo vendrá mi mama? – preguntó el niño
- No lo se, pero más pronto o más tarde vendrá por aquí.
- ¿puedo esperarla en el columpio?.- preguntó el niño.
- Sí, Toni, no hay problema.
- Oye, señor, Porque estoy aquí?
El hombre del bombín rojo no contestó. Continuó meciéndole durante todo el día, y al día siguiente y al siguiente también.
- Por error- dijo finalmente el hombre del bombín rojo – Por error.
Siento haber tardado tanto en volver.
Espero que no os hayais olvidado de mi!!!
;)