Después de felicitarme por el esplendor del tiempo, y por el esplendor de la novela que glosaba, continué:
Y además se da una circunstancia que me produce una extrema complacencia: Bellow ha estado leyendo a Philip Larkin. Ahora bien, el narrador de
Son más los que mueren de desamor creció en París bajo los auspicios de pensadores de talla como Boris Souvarine y Alexandre Kojève, que hablaban de geopolítica y de Hegel y del Hombre del Final de la Historia y escribían libros con títulos como
Existenzia (repárese en la fuerza de la
z, en lugar de la más modesta
c). Yo crecí en Swansea, Gales, y Philip Larkin solía venir a vernos con frecuencia. Él hablaba del psicodrama de la calvicie prematura. Bellow cita a Larkin: «En cada uno de nosotros duerme un sentido de la vida en consonancia con el amor». Larkin «dice también que la gente sueña "con todo lo que podría haber hecho si hubiera sido amada. Nada cura eso"». Y la nada —es decir, la muerte— lo curó. El amor —para Larkin— no era una posibilidad. Porque para él la muerte excedía al amor y lo volvía irrisorio. Larkin murió en 1985: a una edad mucho más temprana, por cierto, que la que tiene hoy Saul Bellow. Para él, la muerte desplazaba al amor. Para Bellow parece ser todo lo contrario: son más los que mueren de desamor, dice el título de su última novela. Bien, Larkin nunca padeció de desamor, no en ese sentido. Acaso una de las tantas, tantas cosas que esta nueva novela nos dice es que uno
necesita el desamor para seguir siendo humano... El tipo de desamor apropiado, por supuesto. Aunque, lo necesites o no, vas a tenerlo de todas formas.
(
Experiencia, Martin Amis)
http://www.youtube.com/watch?v=n2mupe6uXkk
http://www.youtube.com/watch?v=rPrCHE_zbdc