Ésta es pues la justificación del amor como tema literario y, en consecuencia, del erotismo; a saber: la carencia en la que el Estado mantiene a un deporte que, hasta que se demuestre lo contrario, me empeñaré en considerar más racional que el judo y más satisfactorio que las carreras de metros lisos o las barras paralelas, actividades de las que, por otra parte, procede y con las que tiene muchos puntos en común. Y, puesto que el Estado coarta y obstaculiza el amor que, pese a todo, es, repito, el centro de interés de la mayoría de las personas sanas, ¿cómo habría de extrañarnos que la forma actual del movimiento revolucionario sea la literatura erótica? Porque no hay que dejarse engañar. El comunismo es algo muy simpático, no obstante, se ha convertido en una forma de conformismo nacionalista. El socialismo echó tanto vino al agua, que la abundancia lo avinagró..., en cuanto a los demás, no hablaré de ellos porque ignoro qué es la política y me interesa tan poco como el tabaco... Sí, los auténticos propagandistas de un orden nuevo, los verdaderos apóstoles de la futura revolución, futura y dialéctica, queda patente, son los autores llamados licenciosos. Leer libros eróticos, darlos a conocer y escribirlos es preparar el mundo del mañana y abrir la senda de la verdadera revolución.
Mi ídolo. Me encanta.