Todo había terminado para el.
Perdido por los elementos de su imaginación el niño átomo había llegado al fin de sus desaventuras. Heridas adornaban su ya áspera y oxidada piel, sus mayores miedos eran los huéspedes de este putrefacto cuerpo que todavía le sonreía orgullosamente a la muerte. Fueron pocos los instantes para que ella hiciera luz y sombra en nuestro ya desvanecido héroe. Tan solo un puñado de amigos y una pizca de familiares recordarían su matemática historia, que culminó entre un tango cuadrillé de alfiles y caballos.
No siempre hubo acordes algorítmicos recorriendo su autopista sanguínea, en su ingenua infancia; nuestro héroe, libre de miedos, le sonreía valientemente a su némesis. Rodeado de familia y fantasmas, leía su guión al pie de la letra, ni un fallido verso, ni una carencia de aliento lograba opacar su impecable rol.
Entre copas de frutillas y helados de vainilla pasaron cortos años que dieron nacimiento a nuestro personaje. Servilletas mojadas y secos besos dieron luz a su primera resta; él, de metro ochenta y barba había dejado su corona entre promesas y billetes, que como todo papel, se los lleva el viento. Y fue el mismo viento que cerró su puerta y la de nuestro héroe, que guardaba sus lágrimas para tiempos por venir.
Los algoritmos no se hicieron esperar y como remolinos de tierra envolvieron su silenciosa adolescencia que entre óxido y rigidez, complicaron la matemática de sus peones. Abrumados por su simple complejidad cayeron abatidos por caballos de piel y madera llenos de angulares promesas. Su primera línea de defensa se había desvanecido, después de tantos largos años el rey había vuelto y quería su trono. Nuestro héroe recordó lo que juro nunca olvidar y medió con la no vigente autoridad una tregua; después de todo, él, era su padre.
Una paleta de coloridos ritmos pintaron como acuarelas su reencuentro y nuestro camaleónico personaje no dudo en dejar caer el óxido. El unísono de nuestros personajes nublaba las secas pinceladas de su pasado y el lienzo parecía cobrar vida, pero la agridulce receta terminó por manchar la tela y él, se iba de nuevo. Como tintas en agua, el veneno se abrió camino por sus pulmones, que en agonía de sentidos le cobró la vida.
Nuestro héroe no encontraba fórmula que explique como un juego de ajedrez podía seguir estando amputado de vuestro rey, que entre astillas y llamas dejó la partida. Vida en jaque le había tocado a nuestro eterno ausente y fueron incontables las simétricas lágrimas que gravitaron fuera del niño en su adiós.
qué bello juanie...
me pregunto qué habrás estado escuchando cuando lo escribiste.
"king's crossing". vos sos mi heroe amigo!!! te quiero.
comemos un día? :D
escuchate este:
http://www.youtube.com/watch?v=q1zWZ7jl_pg
(K)
abrazo muy fuerte para el niño héroe :)