La Odisea, parte 1
11/13/09
Después de mucho tiempo habías vuelto a hablar con Él. Te había escrito para ver en qué andabas, algo que no cuadra en tu rutina diaria, porque no son amigos, no es el tipo de persona a la que le podés escribir para contarle que te diste la vacuna de la gripe o para avisarle que están dando Harry Potter en Cinecanal. Pero te escribió, y chatearon 10 minutos que todavía estás rumiando. Diez minutos que no significaron nada pero que a vos te elipsaron los últimos 4 meses.
El día en el que te escribió habías soñado con él. Habías soñado que te lo encontrabas y estaba con una chica, no le dabas importancia creyendo que era alguna atorranta que recién conocía, hasta que los viste irse de la mano, y ahí agarrabas un vaso de cristal lleno de Cindor y lo estrellabas contra la pared, para que te vieran. Y te veían, como si fueras una loca.
El día anterior a ese habías salido a hacer las compras, y en una esquina viste a un chico alto, de barba, sacando fotos con una reflex. Podía ser él, se parecía a él. Y se te hizo un nudo en la garganta, era lo más parecido a Él desde la última vez que lo viste. Te pusiste a pensar si él también se acordará tan seguido de vos, y asumiste que no, que Él ya lo debe haber superado.
Así que su mensaje calmó un poco tu miseria, al menos no sos la única que piensa en él más que de vez en cuando.
Te contó que se mudó, lejos, muy lejos, lejos de la posibilidad de encontrártelo. Ya no va a ser el amo y señor de la ciudad, las esquinas ya no van a tener canas y barba, los colectivos ya no van a pasar por SU casa, el subte C ya no va a ir a SU barrio.
Haber hablado con él te deja una sensación rara, te volvieron un montón de cosas, extrañás horrores el año pasado, y recordás cómo más o menos a esta altura y bajo este clima estaba pasando tal o cual cosa, cómo todos los días del invierno es el aniversario de algo, de pelotudeces, pero de pelotudeces que ahora pagarías por tener.
El Domingo te levantás para ir a tocar, soñaste toda la noche con que te robaban la tarjeta de debito y te sacaban todos los ahorros para irte a vivir sola, te dejaban 100 pesos, y tenías que quedarte a vivir con tu mamá, para siempre. Cada media hora te despertabas y volvías a soñarlo. Ni con la más retorcida pesadilla infantil, ni cuando soñabas con el zoológico zombie te aterraste tanto como con eso.
Te tomás el colectivo hasta Retiro para encontrarte con tu banda e ir a tocar a Derqui en un festival punk donde seguro van a ser el hazmerreír de la tarde y los van a abuchear por putos. No había probabilidades de salir airosos, no era, definitivamente, una buena idea hacer esa fecha, pero hay que tocar en donde sea, y fuiste.
Vas llegando a la estación inmersa en ese pensamiento de saberte yendo al muere cuando te das cuenta de que no tenés la cartera, te la dejaste en el 115.
Corrés desesperada hasta la terminal mientras llamás al banco para bloquear la tarjeta, tu amada tarjeta, tu pase a la libertad, y llamás a casa, sólo para que te den apoyo moral, para que te digan qué hacer, porque después de todo en situaciones como esta, todavía atinás buscar algo que te haga sentir en casa y a clamar “Mamá”.
Por unos minutos se te cruza toda tu vida (la que cabe en la cartera) por delante, hasta que después de correr 7 cuadras divisás un 115 vacío, el chofer baldeando, y tu cartera, negra y sucia como siempre esperándote ahí. Fue un milagro.
Que el día haya empezado así de accidentado puede anunciar dos cosas, que de acá en adelante sólo puede empeorar, y que la jornada va a estar signada por la desgracia, o que si el día empezó así de mal es porque indefectiblemente tiene que mejorar, y realmente lo va a hacer.
Ahí estás entonces, 25 minutos tarde, con Martín y Bernardo, tu banda, en la entrada de la estación Retiro, transpirada, despeinada y con todo el maquillaje corrido. Apenas pasaron las 12 del mediodía.
La última vez que tomaste un tren fue en el 2001, era una tarde de sol, tenías pegada una canción de Abba y estaba Mamá.
Ahora el cielo está horrible y en el andén hay un grupo de Punkies (Punkies de los verdaderos, de esos que harían a un hooligan desdentado verse como el Teletubbie rojo) que ya los está mirando como si fueran unos maricas llevando portacosméticos con forma de instrumentos.
Los Punkies, de perfil alto y con portación no sólo de rostro sino de botellas de Fernet con cola, se suben al furgón, “nada de asientos para nosotros”. Tu plan es subirte al vagón más alejado, ir sentada, en lo posible cerca de alguna familia numerosa, gente como uno, mirar por la ventanilla y no cruzarte con la turba.
Cuando te querés dar cuenta estás sola, tu banda se fue con los Punkies.
Reprochándote ser la amarga que nunca se anima a nada y que se porta como si fuera la gatita blanca y malcriada de Los Aristogatos, disimulás tus prejuicios y te vas con ellos, para que no se rían más de vos acusándote de burguesa. Vas a mostrarles que vos también sos rockera.
tanto tiempo !!!
q suerte volver a leerte
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