El pueblo de Ana es precioso, muy pastoril. En mitad de la llanura llena de vacas, a lo lejos, se divisan las casitas de piedra y teja que forman el último pueblo de la carretera. Ideal para desaparecer del mundo una temporada y relajarse.
Su familia nos acogió de maravilla, enseñándonos la casa. También nos invitaron a jamón y chorizo de matanza. Luego dimos un paseo por el pueblo, en el que la primavera está a flor de piel.
Y si no observar la danza del cortejo del potro... Que sepáis que la potranca se estuvo resistiendo un rato, haciéndose de rogar. Pero al final picó el anzuelo... Qué cosas tiene la naturaleza.