1/19/08
No sé si leerás esto, pero aún así, quiero dejar constancia aquí de que anoche para mí fue una noche mágica. Gracias por ayudarme tanto, porque realmente lo hiciste. Gracias por escuchar, compartir, porque hemos vivido cosas muy parecidas. Porque creo que hacía tiempo que no conectaba así con nadie, porque tus palabras hacían daño, pero a veces para curar las heridas tiene que escocer, porque la verdad es dura, porque quizá la venda que tengo en los ojos soy yo la que no se la quiere quitar... Sigo aturdida, tras dos años, sigo confusa y muchas veces no sé realmente ni qué opino al respecto. Pero me ayudó mucho poder charlar contigo y contarte cosas que a pocos he contado. Gracias por compartir conmigo tus sentimientos, tu experiencia. Gracias por escuchar, por tus consejos. Gracias por tu abrazo. Espero que dentro de poco esto se pueda repetir, a ser posible con más risas y menos lágrimas...
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Hoy os regalo un cuento y aprovecho para deciros que llevo 28 días sin fumar!!!. En estos 28 días me he fumado dos cigarritos... pero vamos, que si no lo hubiese dejado, en estos días habrían sido ya unos 400... así que no está nada mal, no??
Yo puedo!!! Y a quien me dice que no lo voy a conseguir que se vaya a la mierda!!
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Su madre se había marchado por la mañana temprano y los había dejado al cuidado de Marina, una joven de dieciocho años a la que a veces contrataba por unas horas para hacerse cargo de ellos a cambio de unos pocos pesos.
Desde que el padre había muerto, los tiempos eran demasiado duros como para arriesgar el trabajo faltando cada vez que la abuela estaba enferma o se ausentaba de la ciudad.
Cuando el novio de la jovencita llamó para invitarla a un paseo en su coche nuevo, Marina no dudó demasiado. Después de todo, los niños estaban durmiendo como cada tarde, y no se despertarían hasta las cinco.
Apenas escuchó la bocina cogió su bolso y descolgó el teléfono. Tomó la precaución de cerrar la puerta del cuarto y se guardó la llave en el bolsillo. Ella no quería arriesgarse a que Pancho se despertara y bajara las escaleras para buscarla, porque después de todo tenía sólo seis años y en un descuido podría tropezar y lastimarse. Además, pensó, si eso sucediera, ¿cómo le explicaría a su madre que el niño no la había encontrado?
Quizá fue un cortocircuito en el televisor encendido o en alguna de las luces de la sala, o tal vez una chispa del hogar de leña; el caso es que cuando las cortinas empezaron a arder, el fuego rápidamente alcanzó la escalera de madera que conducía a los dormitorios.
La tos del bebé debido al humo que se filtraba por debajo de la puerta lo despertó. Sin pensar, Pancho saltó de la cama y forcejeó con el picaporte para abrir la puerta, pero no pudo.
De todos modos, si lo hubiera conseguido, él y su hermanito de meses hubieran sido devorados por las llamas en pocos minutos.
Pancho gritó llamando a Marina, pero nadie contestó su llamada de auxilio. Así que corrió al teléfono que había en el cuarto (él sabía como marcar el número de su mamá) pero no había línea.
Pancho se dio cuenta que debía sacar a su hermanito de allí. Intentó abrir la ventana que daba a la cornisa, pero era imposible para sus pequeñas manos destrabar el seguro y aunque lo hubiera conseguido aún debía soltar la malla de alambre que sus padres habían instalado como protección.
Cuando los bomberos terminaron de apagar el incendio, el tema de conversación de todos era el mismo: ¿Cómo pudo ese niño tan pequeño romper el vidrio y luego el enrejado con el perchero?
¿Cómo pudo cargar al bebé en la mochila?
¿Cómo pudo caminar por la cornisa con semejante pesa y bajar por el árbol?
¿Cómo pudo salvar su vida y la de su hermano?
El viejo jefe de bomberos, hombre sabio y respetado les dio la respuesta:
Panchito estaba solo... No tenía a nadie que le dijera que no iba a poder.
me ha gustado el cuento que pusiste...interesante reflexión
enhorabuena por ese casi mes sin fumar
bsos!