Cuando el Hombre Gato era niño, iba a pasar los veranos con su familia a la casa que tenían en el campo.
Una de las mejores sensaciones que recuerda de aquella época, era cuando tenía sed en los días de más calor y él mismo se sacaba agua del pozo que tenían en el patio interior de la casa:
Cogía el cubo de metal (o poal) agarrando el extremo de la cuerda que estaba atada al asa y lo dejaba caer hasta que se encontraba con la superficie del agua, cuatro o cinco metros más abajo.
A continuación, conforme se iba llenando, daba pequeños tirones de la cuerda, hundiendo el cubo en el agua entre tirón y tirón para removerla y no coger ninguna impureza que hubiera flotando en la superficie.
Una vez que el cubo estaba lleno, subía la cuerda hasta que volvía a salir al exterior, lleno a rebosar de agua pura, transparente y bien fresquita.
En ese momento, tapaba el agujero del pozo, que le llegaba en aquellos años a la altura del pecho, apoyaba el cubo sobre la tapa y empezaba su parte favorita del ritual:
Cogía el cubo con ambas manos, presionándolo de los lados, y metía la cara dentro del agua, hasta la altura de las orejas aproximadamente. A continuación abría la boca y aspiraba todo el agua que podía, tragándola como si fuera aire hasta que la sensación de saciedad le hacía dejar de hacerlo.
Después se quedaba unos segundos en esa misma posición, con la cara sumergida en el agua y los ojos cerrados. Concentrándose en el avance del frescor por el interior de su cuerpo. Sintiéndose aislado del calor exterior durante esos gloriosos instantes.
Finalmente sacaba su cara brillante del agua y devolvía al pozo el agua que había sobrado.
Nunca se secaba la cara.
Gato & Amo I...
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Siempre pensé al Hombre Gato como màs gato que hombre.