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-¿Eres de primero? – Preguntó mientras yo seguía de pie a pasos de la puerta de entrada… quizás él pensó que yo esperaba algo, pero no, simplemente me quedé pegado en mi posición. Como solía pasarme a veces.
-Sí. – Conciso y preciso.
-¿De dónde eres?
-Belleville – Contesté con mi rostro inexpresivo y frío. No quería relacionarme mucho con él después de la mirada que el director le había lanzado. No me interesaba formar parte de su “pandilla”, o que me distrajese cuando intente estudiar. Y… por el tono de sus preguntas, parecía un chico bastante consumidor de tiempo.
-¿Cómo es tu familia? ¿Cuál es tu apellido? Olvidé preguntarlo – Continuó. No se daba por vencido.
- Mi apellido es Iero y no creo que te interese mi familia… - Dije mientras apoyaba mi no tan cargada maleta encima de la cama, dispuesto a cerrar la “conversación”.
- Créeme que sí – Dijo cortante y acelerado. Sin que él me viese esbocé una sonrisa. Ya me rendí, quizás no ahora. Pero tal vez en un futuro ese chico pelinegro sería capaz de sacarme una que otra palabra que no sea monosílaba.
Mi madre me había planchado toda la ropa, y, conociéndome, intenté mantenerla así, ya que no creo que algún día me diese el tiempo para plancharla con esa dedicación. Mi padre era un maniático del orden de disciplina casi militar. Por lo que desde niño aprendí a ordenar la ropa por tipo, tamaño y color. Los zapatos los arrimaba de tal forma que no rozasen la puerta del armario al cerrarse.
ABAJO
Me esmeré con mis cuadernos también. Desde hacía un año que no los tenía nuevos. El año pasado había ocupado los del año anterior. Mi madre era experta reutilizando. Sobre todo el último año, ya que se habían decidido a ahorrar para llenarme de útiles nuevos (y también uniforme) para el colegio al que iba a llegar, osea éste. Por favor no lo eches a perder. –me repetía una y otra vez cuando alguien golpeó la puerta. Gerard se apresuró a abrirla, como si lo “hubiese salvado la campana” de un silencio que duraría mucho tiempo. Como si los silencios matasen. –me dije a mí mismo con una sonrisa en los labios. En seguida, tomé un libro al azar, me saqué los zapatos (y los acomodé bajo la cama) para luego recostarme y enchufarme a la vena una buena dosis de “Misfits” mientras el pelinegro discutía algo que no me interesaba con el chico que lo había ido a visitar.
Cuando Gerard se iba a voltear, le dí una mirada fugaz al fantasma de sonrisa que le quedaba en los labios antes de que el personaje con el que había entablado una pequeña conversación, mucho más provechosa que la que tuvo conmigo, empezaba a desvanecerse. Sí, era de esas “sonrisas estímulo”. No puede nacer por sí sola. Este chico era dependiente a la gente. No me sorprendería que un día de estos terminase suicidándose por tenerme como compañero. Yo tenía ese efecto, hacía todo más lento y todo más trivial. Hasta mi madre se sentía deprimida a mi lado.
ABAJO
Mis ojos empezaron a humedecerse, por lo que, antes de demostrar flaqueza, los cerré y me acomodé en posición fetal en la incómoda cama que sería mi compañera por este año, y el siguiente, y el siguiente. Sinceramente ya estaba todo muy lento, y aún no comenzaban las clases. Ya quería volver. Extrañaba lo que sea que me ofrecía Belleville que este frío lugar no tenía. Definitivamente no era compañía, ya que no soy de muchos amigos. Wou, detestaba la persona antisocial en la que me había convertido.
CONTINUARÁ
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[Frank]
El señor Harris me arrastró por toda el ala oeste. Cada vez me alejaba más y más de gran masa de alumnos que se paseaban. Poco a poco, iban quedando menos almas visibles, y menos puertas que señalasen tener habitaciones.Me sentí tan patético. De seguro era el único alumno de primer año que no había sido capaz de encontrar su habitación solo. De pronto él se detuvo frente a una puerta. Yo iba sumido en mi mente, repasando todos los deberes que no podía olvidar, seguí de largo unos diez pasos.
- Sr. Iero – Carraspeó.
- Oh… lo siento – Dije avergonzado y retrocediendo mis pasos. El señor Harris golpeó la puerta y luego la abrió. La luz que salió del lugar me cegó por unos segundos, pero luego, mi vista se aclaró para ver a quien sería mi compañero de cuarto por este largo año, el primero lejos de casa.
-Gerard, te presento a Frank. Vas a compartir habitación todo el año con él, así que espero que te comportes –dijo él con tono algo severo. Me causó curiosidad. No quería tener un busca pleitos como compañero. No quería verme involucrado en situaciones que podrían ocasionar mi expulsión. No es como si me importase mucho el quedar bien con las autoridades del colegio, sino que mis padres habían hecho un esfuerzo casi inhumano para ponerme en un colegio como ese, que aún tenía los estándares de los que solían existir a mitad de siglo. Tenía claro que no podía perder esa oportunidad para salir adelante y ayudar a mis padres a salir del agujero en el que vivían.
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