Había un sueño, anoche, en el que el invierno nunca acababa, un largo invierno nos asediaba y nos consumía lenta y dolorosamente.
La primavera estaba envidiosa, porque ya el invierno le quitaba tiempo, le quitaba existencia, el frío que baja de la cordillera y desemboca en el mar, la lluvia que nace en el Sur y desaparece en el Norte eran mucho más poderosas que el tímido sol primaveral, o que el tibio viento que de la cordillera del Sur al mar del Norte sopla incesante.
Los niños lloran en un vacío campo, ya que sus volantines se mojan y caen.
Los adolescentes siguen con su vida, en un casi insoportable circulo rutinario.
Los adultos vociferan, preocupados de las cosechas, las casas, las enfermedades y su salud.
Cada oscura y estrellada noche, en el que la luna no está, calma los ánimos de aquellos animales racionales.
Cada día soleado renace la esperanza de que el invierno terminó, por lo que al darse cuenta la gente de lo que sucede, de la no finalización del invierno, estos días comenzaron a ser odiados.
En realidad, el invierno no es perfecto, y el otoño y la primavera juegan en él, a ratos. Y así la primavera se siente mejor, se siente viva.
La primavera se quiere matar. Sus días son odiados y sus noches ya no acogen fiestas como en antaño alguna vez lo hicieran, sino que acogen calma y tranquilidad.
Una espada oxidada, que el invierno había logrado dejar sin uso, fue recogida por el verano.
El verano, la peor estación, decidió dañar al invierno, ya que si la primavera moría, todos morían. El invierno, cual desalmado bandolero, prefería que murieran todos a que él perdiera.
Una espada oxidada, una espada que no corta, fue suficiente para cortar la extensión del invierno, e hizo retornar en gloria y majestad a la primavera.
Cuando la oscuridad retrocedió, cuando las sombras se esfumaron, cuando el triunfo de la luz sobre las tinieblas sucedió nuevamente, el invierno hizo lo único que podría haber hecho: Buscó refugio.
Los humanos somos una clase interesante de ser. Tan interesante que, cual modelador de arcilla, puede hacer todo, incluso cobijar un invierno.
Es así como las estaciones del año siguieron con sus rotaciones, pero el invierno que acabó consiguió no acabar, quedándose entre nosotros, en la memoria y en la conciencia de cada uno de nosotros.
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