Tal vez fue la muerte de Naoko la causante de que hubiera tomado el metro hasta la panadería aquella mañana. Antes de sentarse absorto en sus pensamientos, metido en las cabezas de los viajantes, nada había sido físicamente distinto a una de sus mañanas cualquiera. Había resucitado lenta y pausadamente bajo la ducha caliente. Solía entrar en la jaula de aislamiento y dejaba que el agua le inundara su cabeza. Jamás se detenía hasta que todo lo que había en ella se desparramaba densamente, desde su pelo hasta sus pies, y desaparecía por el desagüe. Había días en los que salía con las yemas tan arrugadas que su padre, con toda certeza, le habría regañado. Aquella mañana no podría asegurar cuanto tiempo estuvo allí. Se vistió aleatoriamente, desayunó sus cereales y se encendió un cigarrillo en riguroso silencio, tan sólo menospreciado por las exigencias de su gato. Le sirvió sus “cincuenta” -nunca supo que medidas era aquellas- que le correspondían como “feline/adult” entre carantoñas y ronroneos, se despidió de él sin recibir demasiada atención a cambio, cerró la puerta y se aseguró de tener consigo las llaves. Eso le había supuesto más de un contratiempo.
Con toda certeza, la muerte de Naoko le había llevado hasta allí. Por ese motivo estaba haciendo cola rodeado de ancianas con sus bolsas hechas de ropa y estampadas con motivos caseros que tanto le gustaban. Suponía que esa predilección respondía a la nostalgia por un modo de vida que tenía ingenuamente idealizado. Pero tampoco había que ser muy listo para saber que aquello, sólo era la gota que colmaba el vaso. Su abuelo, su muerte, su vida; la vida también tenía parte de responsabilidad en todo aquello. Fue en vida cuando él, un mocoso calzado con sus pantalones de tirantes de pana marrón y su jersey de cuello-alto granate que tanto le irritaba la piel, se negó a darle un beso esgrimiendo puntapiés furtivos, mofletes hinchados y rebequerías. Ni los asfixiantes intentos de todos y cada uno los miembros de la familia allí reunidos por su cumpleaños, ni la consiguiente reprimenda de su madre consiguieron hacer claudicar la tozudez de aquel niño con aspecto de beatlle. Ajeno a todo aquel episodio, años más tarde, asistió a su representación navideña. Hubiera llorado desconsoladamente si las lágrimas se lo hubiesen permitido.
Duerme como un oso
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