11/11/09
Todo vibra en diferentes frecuencias y en diferentes grados; los números, los cuerpos, los olores. Cada sonido tiene su correspondencia en un color, un aroma, un sabor y una forma. Todos los sentidos se embarcan en la aventura del sonido. Tal fue el proyecto de Syd generado desde sus aventuras y correrías siconáuticas, en las que mezcló, fusionó y reinventó las figuras etéreas y bluseras de Pink Anderson y Floyd Council. En su obra musical cada nota evocando una tonalidad, se manifiesta en un color y una forma, con el aroma de una analogía, de un símbolo. Sin embargo su plan maestro no fue consolidado por él, sino por sus asociados y más moderados amigos: Waters, Mason, Gilmour y Wright.
Una buena parte de su itinerario de viaje lo podemos descifrar en una paleografía musical de su concepto Pink Floyd, a través de una inspiración más light pero a la vez más concreta y coherente de sus citados amigos.
Las puertas de la percepción pueden ser abiertas mediante un estímulo lisérgico para dar un paseo hacia una realidad frecuentemente distorsionada por su hiperrealismo.
Demasiada información en demasiado poco tiempo y espacio para ser procesada por una mente limitada en la que la genialidad se manifiesta sólo en flashazos, que pronto se desvanecen en el paisaje sensorial. Un panorama sinestésico superpoblado por bosques y mares de emociones, complejos, contradicciones, traumas y afectos y amores truncos. Intentos vanos por representar las emociones en una partitura en tercera dimensión con volumen, color, sonido, textura y aroma.
Angustia, protesta -acaso decepción-, porque el cerebro no es capaz de plasmar y comprender hacia el exterior las vicisitudes que atraviesan las neuronas revolucionadas a punto de fusión.
¿Qué ocurriría en el ojo del huracán, en el centro del universo mental y sinestésico de Syd Barrett? ¿Cuáles serían sus monólogos en espiral durante todos estos años de ausencia en presencia? ¿En dónde está la puerta de regreso? Hay muchas, cualquiera que escoja nunca será la misma por la que ingresé, el retorno será siempre a otra realidad diferente en la que los antecedentes ya no serán los mismos, el presente será otro y los recuerdos ya no se acomodarán plácidamente sino en diferente orden. Podrá ser que no me guste o también que me guste tanto, que me daré cuenta de que la puerta que creí de retorno se convirtió en una que me conduce todavía más hacia el espacio interior. Estoy perdido, pero ¿me importa?, ¿tiene sentido regresar? Y regresar ¿a dónde?, ¿para hacer qué?
La música como causa, no tiene efecto si no ha sido tonificada por el espíritu, pues está destinada a servir de vehículo, como un mantra. Mejor me quedo aquí, en donde escucho los colores, veo la música.
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