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Un Fin de Semana en Vancouver

grenier's photo from 6/29/09
Canon PowerShot
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6/29/09
Jack Nicholson avanzaba silbando por un pasillo empapelado de hotel en Mejor Imposible y un olor a pescadito frito me llegaba de un punto indeterminado de la calle. Un olor translúcido que bailoteaba graciosamente entre naranjos y adoquines.

Junio estaba siendo un mes que, en cuclillas, parecía aguardar tras la esquina de las noches en la calle, para sorprenderte con la actitud amenazante de un juego infantil de papiroflexia que debe decirte si al final acabarás casándote y con quién. Enormes rombos abrían el cielo y te mostraban lo fácil que sería engullirte.

Y en medio de todo aquello, semi-tumbado en mi azotea en un viejo edredón con agujeros de quemaduras, me limitaba a inclinar la tercera lata de cerveza de la noche para sentir ese infravalorado placer que te da comprobar que aún quedan un par de buches más. La tercera lata siempre marca la barrera psicológica del litro, la barrera entre relajarte y apagar un incendio dentro de tu cabeza.

Mi mano izquierda, que ya llevaba un buen rato a su bola, pasaba dos de sus dedos entre la superficie de nylon del edredón y las asperezas de las lozas antiguas del suelo.

Y creo que en parte por culpa de ella y en parte porque no me pareció tener nada mejor que hacer, decidí irme de vacaciones al recuerdo de mis dedos serpenteando por las raíces del pelo que te crece entre las orejas y el pico que se te forma en tu nuca aniñada.

El aire cambia con frecuencia cuando las cosas van bien y si te paras a oler, hasta puedes sentir la humedad que anuncia una tormenta. Es posible que, con suerte, puedas sentir la electricidad estática chisporroteando en tu piel.

“Se te ve muy bien. Estás... diferente. No sé...”

Y al cogerte de la cintura con ambas manos y los ojos entrecerrados de manera perfectamente consciente, pensé en canguros follando.

Te lo juro, canguros follando. Una imagen que creo no haber visto nunca en ningún documental. Pero, sin embargo, allí estaban, pelo corto, carne tensa y enganchados en unos botes que amenazaban con tirar el ventilador de techo de mi habitación.

Estaba tan caliente que tuve que darle un par de vueltas a mis ojos mientras engullía algo fresco para no clavarte mi mirada como se clava una cuchara de postre en el vasito de las natillas.

Luego, vino todo lo demás. Y, ahora, venían las vacaciones en el recuerdo de mis dedos encontrándose con diminutas formaciones de tu pelo haciéndolas ceder como el Rey Kong hacía ceder las empalizadas de madera de los nativos. En el fino cambio de temperaturas desde la piel de tu cabeza hasta las curvas del primer bucle. En el choque accidental del dorso de mi mano con el pico superior de una de tus orejas.

La brisa comenzaba a hacerse más un protagonista más presente de la composición y hasta las tonalidades de las nubes que cruzaban a toda velocidad el cielo de la ciudad como en una carrera de camellos reclamaban su papel en la apertura de mis estímulos.

Todo estaba bien. Ya tocaría pensar en todo lo que acababa de vivir durante los últimos días. En los pelos, orejas, conversaciones, caricias y guarradas. Ahora hacía el tiempo suficiente como para dedicarte el tiempo, la atención, que siempre supe que merecías.

Y mientras Jack Nicholson volvía a silbar en la ventana de la casa de enfrente, yo me convertía en un turista indocumentado, huyendo del presente casi sin equipaje, en el recuerdo irreal de la última vez que nos liamos.

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# La Costa Brava - Treinta y Tres

Guestbook Comments (1)

me ha gustado. Mucho

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