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POR EL PLACER DE VOLVER A VERLA (MADRID, PRIMAVERA EUROPEA 2011)

Escrita por el canadiense Michel Tremblay y dirigida por el argentino Manuel González Gil, tiene como excluyente reparto al primer actor Miguel Ángel Solá y a Blanca Oteyza encarnando a ese primordial sujeto tácito que da título a la obra.

Sorprende que un hombre que ya cumplió sesenta años pueda convencerme, desde los primeros minutos, que puede ser un niño de once años y que su actuación no roce el ridículo, ni mucho menos. Solá lo consigue, y no sólo eso sino que podrá, con diferencia de apenas segundos, salir de esa etapa evolutiva y pasar a describirse a él mismo en esa situación, ya en la edad adulta, y todo, con absoluta naturalidad, actuando como si estuviera en el living de su casa frente a algunos amigos, nada más que en este caso lo hará a sala llena en el madrileño Teatro Amaya. En realidad, por momentos, costaba distinguir si era el actor que actuaba, o era Solá contando su propia vida, de tan convincente.

Vi por primera vez a Solá hace treinta años, en mi Rosario natal, cuando llegó al Teatro El Círculo estelarizando Equus, una pieza que no olvidaré jamás por cumplir con el originario cometido teatral de hacer reflexionar, pero también por la performance de un joven actor que se veía como un astro en ciernes. Muchos años después, presencié en varias oportunidades El diario de Adán y Eva, tanto en Rosario, como así también en Mar del Plata y en Buenos Aires. No debe ser casual que todavía conserve, en vhs, la versión televisiva que se emitiera, por entonces, en un canal de cable. Las actuaciones de Solá me conmovían, me convencían, me movilizaban. Ya como periodista, lo conocí en una entrevista exclusiva que yo hiciera para LT3, en la que me explicó que le daba lo mismo, como actor, hacer de Valdéz Cora que de Salvador Mazza, dos polos extremadamente opuestos como modelos de personas, siempre y cuando pudiera hacer el mejor Valdéz Cora y el mejor Mazza posibles. Respuesta que da un actor de raza, y no una figura de moda.

Me sorprendió ver que se promocionaba POR EL PLACER DE VOLVER A VERLA como una comedia. A lo sumo, comedia dramática, sino propiamente un drama que, además de ser en sí mismo un homenaje al teatro, exhibe la necesidad de un guionista de elaborar toda una representación teatral para satisfacer su necesidad de reencontrarse, imaginariamente y por lo que dure la obra, con su madre, ese personaje arquetípico y fundante, y que todavía ama intensamente. Asimismo, que se dijera que lo más valioso de la obra es Solá actuando. Puedo afirmar que el texto es bueno e ingenioso, y que la Oteyza alcanzó madurez plena como actriz, para hacer con ductilidad de una madre muy especial (como todas las madres) en sus diferentes momentos, y con una profundidad única en la sabiduría de los que no se formaron en los claustros pero que la tienen clara acerca de qué puede tratarse la vida, aún entre exageraciones y excesos, entre ternura materna y admiración filial.

De puesta minimalista, con escenografía de ciclorama y utilería desmontable, impecable dirección y actuaciones memorables, Por el placer de volver a verla es una de esas obras para ver en buena compañía y no olvidársela nunca (a la obra).

No. No se trata de Bernarda Alba, ni del Caballo de Troya ni de Un Tranvía llamado Deseo, como bien advirtiera Miguel al inicio de la función. Es, simplemente teatro del bueno. Del muy bueno. Por si fuera poco, hasta esta noche de Por el placer… sólo Alfredo Alcón había conseguido que el crítico se desbordara y se quedara sin aire por casi una obra entera. En esa categoría ya entró Miguel Ángel Solá.

Queda poco hasta el próximo 2 de mayo, día en el que bajará de cartel del Amaya. Sería imperdonable perdérsela.

Ernesto Edwards, Madrid, abril de 2011

http://youtu.be/UEg3k-2GbRU





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