8/19/09
La leche apacigua los gritos de la niña. Ha aprendido muy pronto a tirar, casi con salvajismo, del pezón de goma; la sensación agradable del líquido que fluye dentro de ella es, seguramente, su primer placer. El rico alimento proviene de una bestia nutricia, símbolo animal de la tierra fecunda, que da a los hombres no sólo su leche, sino más tarde, cuando ya sus mamas se hayan agotado definitivamente, su pobre carne y, finalmente, su piel, sus tendones y sus huesos, con los que harán cola y negro animal. Morirá de una muerte casi siempre atroz, arrancada de sus prados habituales, tras un viaje largo en el vagón para animales, que no dejará de sacudirla hasta llegar al matadero, a menudo dolorida, sedienta, asustada, en todo caso, por aquellas sacudidas y ruidos tan nuevos para ella. O bien la empujarán, a pleno sol, a lo largo de un camino, unos hombres que la pincharán con sus largas aijadas y la maltratarán si se resiste; llegará jadeante al lugar de ejecución, con la cuerda al cuello, en ocasiones con un ojo reventado, y la entregarán en manos de los matarifes, gente que se ha vuelto brutal a fuerza de ejercer su miserable oficio y que empezarán a despedazarla cuando aún no esté muerta del todo. Su mismo nombre, que debería ser sagrado para los hombres a quienes alimenta, resulta ridículo en francés, y probablemente también algunos lectores pensarán que tanto esta observación como las precedentes son igualmente ridículas.
Marguerite Yourcenar
(Recordatorios)
una de mis escritoras preferidas.
y que foto reconfortante.