ocho
7/2/09
Escondiendo las manos en los puños de su abrigo, se retorció en una sonrisa, tiritando de frío. Llevaba el pelo corto y las pestañas largas; una cierta modestia hacía que él mismo diga que sus ojos no tenían nada de especial (quizá por esto tintineaban tanto a la luz, tal y como lo hacen los rayos del sol entre las copas de los árboles). Su piel de porcelana no lo intuía, pero era dueño de la adoración de la chica que estaba sentada enfrente suyo...