10/5/09
En una película la situación se tiene que plantear en la primera media hora, se describen los personajes, se desnudan sus condiciones, sale todo a la luz; es la clave de cualquier guión de cine clásico, algunos lo llevan de manera magistral, otros cometen errores. Algunos no saben como hacerlo o no quieren hacerlo y se convierten en innovadores, esta actitud demuestra necesidad de decirlo de otro modo o simple torpeza, no saber decirlo como se debe, como marca el cine.
Gran Torino agarra por el camino clásico, las primeras escenas describen al personaje; pero otras hablan de algo más, algo que está en el fondo, cuando vemos el velorio es la subjetividad de Walt (Eastwood) la que salta de la pantalla y nos toma; el otro Walt está en la casa, con sus quejas, con sus recuerdos, en la bandera norteamericana colgada en el porche o en el Gran Torino, el que no es un personaje, si no que nos viene a describir, de cuerpo entero, a esta sociedad norteamericana clase media y, en última instancia, lo que Norteamérica piensa de ella misma, del mundo, su forma de actuar.
Eastwood lleva al personaje (a Norteamérica) a una reconciliación consigo mismo, con sus atrocidades, tal vez emocionado por ver un negro en la Casa Blanca (por algo tiene ese color) o porque George W. por fin se fue a emborrachar a Texas con casi el triple de la fortuna con las que tomó las riendas del país, Eastwood ve que Norteamérica no solo puede salir de la crisis económica que lo aqueja, si no de la cultural que es más profunda y de la que él nos da su versión.
Si América va en camino de ser el verdadero país de la libertad es irrelevante (para éste trabajo, supongo que es de suma relevancia para la vida de todos), lo interesante de Gran Torino no es eso, no es la diversidad americana, es el personaje de Walt antes de bañarse en las aguas de la redención: ex combatiente de Corea y padre (distante) de dos hijos que ya formaron su familia y se fueron del barrio, un barrio que una vez fue americano y ahora se ve invadido por “ratas de pantano” (frase de Walt), es decir, Hmong, un grupo étnico del sudeste asiático.
El racismo recorre la historia, el presente y el futuro de Estados Unidos, Eastwood lo relata con una simpleza que aterra, los negros con los negros, los chicanos con los chicanos, los polacos con los polacos y para separarlos, armas, armas por todos lados, la única forma de ser diferente es entendiendo que el otro te quiere matar justamente por esas diferencias, no por nada es el país con más delitos por habitante, el más sórdidamente violento, a pesar de ser uno de los más ricos.
El polaco-americano Walt es Norteamérica, un hombre venido de Europa que se construyó su casa, sus herramientas y su jardín a fuerza de trabajar muchos años para, ¿quién será? por supuesto, la fábrica Ford, el signo del norteamericanismo. No solamente extraña el viejo orden moderno del trabajo seguro, si no que ve en la invasión de la industria japonesa (el hijo de Walt es vendedor de autos nipones) el fin de su vida, de sus valores. La industria y los asiáticos mismos le molestan, por eso la primera media hora de Gran Torino es imperdible, porque está hablando de Estados Unidos, nos está diciendo “hemos perdido la capacidad de Gran Imperio Económico Industrial que teníamos, que la logramos con hombres trabajadores, con valores norteamericanos (la bandera de Walt), pero también, y fue muy importante, con el imperialismo, con el trabajo de aquellos mismos hombres detrás de un arma, detrás de un fusil cargado para asesinar niños extranjeros, gracias a la ayuda de las clases cipayas en otros territorios, por eso fuimos grandes, no vengan a invadirnos nuestro jardín, porque vamos a responder con nuestro mejor símbolo, el fusil”.
El personaje de Eastwood toma el camino del progresismo, describe esta situación para después renegar de ella, no es la idea de sociedad que tiene el director la que interesa, si no la idea de sociedad americana que tienen los habitantes medios del país del norte la que hay que tomar, Norteamérica está en crisis económica, Walt piensa salvar a sus viejos jefes con plata de su bolsillo, seguir puteando a los vecinos que se meten en su jardín, mientras toma cerveza, acariciar el viejo fusil que usó alguna vez en Corea, en Vietnam o en Nicaragua y sentarse, bajo la bandera de las estrellas, a esperar.
PABLO BASILI
por un momento pensé que era el de brigada A