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civilización o barbarie

elgelidotolya

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elgelidotolya's photo from 11/12/09
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11/12/09
Por aquel entonces, regresaba de un viaje por tierras americanas, en concreto visitando las inhospitas tierras del Chaco, cuando fue invitado por Madame du Pistogne a una velada en su salón. Didier Dedal era en esos días un hombre que, tras el viaje citado, y experiencias vividas que ahora no vienen al caso, había adquirido un aura de persona cultivada, de mundo, con la perspectiva y conocimientos necesarios para opinar sobre esto y aquello.
El salón de Madame du Pistogne era frecuentado por los más nombrados filósofos, ingenieros, funcionarios reales, y damas con altura de miras que se pudiera imaginar. Se encontraba en su máximo apogeo, y muchos pugnaban por poder asistir a alguno de aquellos mágicos encuentros. Didier Dedal fue invitado con preferencia sobre otros muchos caballeros, por su condición de viajero impenitente y para que distrajera a la concurrencia con anécdotas chaqueñas.
Cuando llegó, con cierto retraso, la charla se había iniciado ya, y era el agregado ruso, el vizconde Makar Kandílov, el que llevaba la voz cantante. El tema de discusión giraba en torno a la disposición de los pueblos a acudir a la llamada de las mentes preclaras, y de cómo guiarles en la consecución de su progreso, en aras de la evolución positiva de la nación. El físico neerlandés Wim Oekstra se mostraba contrario a cualquier consideración hacia el pueblo llano, considerando que era natural su ignorancia, su poca disposición y su falta de conocimientos. Que el buen gobernante debía seguir su camino sin preocuparse por los de abajo, que ellos ya le seguirían por la luz que éste irradiaba, más que por que les facilitasen antorchas con las que finalmente, se podrían quemar. El vizconde ruso, por el contrario instaba a llevar esa luz a todos los rincones, con el objeto de...
Didier Dedal, se sentó junto a la hija del embajador español. La señorita Floralinda Pávez, era la muchacha por la que bebían los bientos, digo, vientos, todos los caballeros de la Corte. Todos procuraban acercarse a ella y todos quedaban enamorados de sus:
- ojos negros.
- mata de pelo negro como el tizón
- piel blanca con mejillas inflamadas en cuanto se notaba observada
- figura de ensueño
- frialdad en el gesto.
Didier Dedal no reparó en ella en un principio, más luego, quizás impresionado por un delicado perfume, se sintió inclinado a iniciar una breve conversación con la joven.
- Interesantes argumentos, no le parece.
- No entiendo nada de francés, disculpe.
- Entonces le hablaré en su idioma... ¿español?
- Si, muy amable señor...
- Dedal, me llamo Didier Dedal.
- Encantada, monsieur Dedal ¿Y cómo es que habla tan bien mi idioma?
- Regreso justamente de un viaje por tierras americanas y...
- Qué interesante, ¿y en qué lugares ha estado?
Didier Dedal inició una exposición de su viaje. Su oratoria y donaire, atrajeron la atención de diversa concurrencia, que quedaron maravillados con las cosas que vio, que vivió, y que llevo a cabo. Estudios sobre poblaciones, estudios sobre geografía y fauna, apuntes sobre flora, algunos peligros convenientemente adornados... Era el centro de la sala, e incluso los ilustrados discutidores se quedaron prendados de su discurso.
Floralinda Pávez, mientras escuchaba a Didier Dedal explicar su historia en un claro español, que iba traduciendo al francés para la concurrencia, se iba enamorando poco a poco del apuesto caballero. Lo normal. Asimismo, Dedal, tampoco podía dejar de mirar a aquella muchacha.
Antes de que Dedal finalizase su historia, sin embargo, Floralinda Pávez se disculpó por tener que abandonar la sala ya que era tarde y su padre no le permitía tamaños disparates con el horario. Dedal, visiblemente descentrado, siguió con su historia, hasta que dos horas después, con las luces de la mañana, se dio por terminada la sesión.
Didier Dedal pensó en cómo poder volver a ver a aquella muchacha. Se había enamorado.
Pasaron los días y Didier Dedal se enteró de que Floralinda Pávez deseaba verle a él, mediante una carta que entregó a Madame du Pistogne. Concertaron una visita conjunta a los jardines de Du Pistogne y allí podrían charlar tranquilamente. Llegó el día y la hora, se encontraron, comenzaron a charlar.
Floralinda Pávez le explicó sin ambages, que tenía planes. Que quería salir de París, que quería viajar a Boston, a las colonias americanas que luchaban por su independencia, quería ver esas tierras de las que hablaban algunos militares.
Un sudor frío recorrió la frente de Didier Dedal. Volver a viajar. Con ella. Jove e impetuosa, ¿cómo decirle que no?
- No.
Ojos abiertos como platos. ¿Cómo que no?
- No.
- ¿Y porqué no, monsieur Dedal? Yo pensé...
- No. Usted no pensó nada. Búsquese a otro que quiera acompañarla en sus desvaríos, señorita.
Y se despidió de la dama, que se quedó atónita. No se esperaba esa respuesta. Cuando se disponía a abandonar el jardín, vio a Didier Dedal llorando abrazado a una columna. Al mismo tiempo, tosía y escupía sangre.

Guestbook Comments (4)

Vaya por dios, pobre hombre. Yo que me estaba sintiendo transportada casi a mis tiempos, en uno de esos salones que tan bien conoci!
Monsieur Didier, ademas de tisico era algo despistado, no? Lo digo porque vamos, con el dechado de perfecciones que usted va describiendo en los rasgos de la Pavez y el hombre no hubiera notado nada de no ser porque le llegó un perfume.
Y la Pavez pues que apellidandose Pavez qué quiere usted.

Feliz tarde de jueves, monsieur

Bisous

no sería familia de la Terele?


Me encantó su conversación con Naomi Wats.

Y yo prefiero al ex de la Keener: Dermot Mulroney!!

esto me ha recordado aquella película en que él era tuberculoso y anda locamente enamorado de la Kidman, "diario de una dama", claro y él le decía, como monsieur Dedal http://www.youtube.com/watch?v=TCql_AXSpzg, ¡que bonito el amor en tiempos de maricastaña

Ud. está hablando de Madame Pompadour. Oiga y qué descarada Floralinda no, ahí pidiendo. Y Dedal que estaba para el arrastre, a dónde va ir el hombre.

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