7/20/09
Defequé imprecando al sopor y al sistema digestivo. Debió haber sido mi exorbitante apetito, y la descomposición alimenticia que alivio mi fatigoso padecimiento. Sin embargo ni un diminuto trozo de pan, ni un apetitoso embutido, ni tampoco el humedecido goce producido en la lengua al sentirte saciado, nada introduje por mi boca. Fue esta glotonería de vida y la saciedad alterada e imposible lo que produce este despojo conturbado. Ya se han crispado mis ojos hasta reventarse y sangrar de tanto intolerar los itinerarios del hombre moderno, de concentrarme en la obsesión amarga que origina el estancamiento hostil de la monotonía, también de las vidas que evoco, y en las que por tiempo de sobra me veo atraído al ser evocado, de la nada que cobija nuestros limites interiores e insufla el aditivo esencial para confirmarnos en el universo, del respetable cuerpo de contradicciones llamado Filosofía, y de mi yo, que al final es un yo del mundo –en el mundo–; articulado y encorvado debido a otros «yoismos» –no sólo por una desventura copulativa–, los cuales no me han presentado, pues ello significaría agrupar a todos los hombres en torno a una sola ceremonia formal. Mi solo reclamo satisfecho presupone una coyuntura, todos verían en él la opción legítima de interpelarse.
Debe ser eso, es que estoy tan exhausto de ser quién soy, más aún, de no estar completamente seguro de ello. Asimismo estoy harto de ti. Ahora, cuando experimentes tú este desagrado absoluto, procura, como yo, oponerme mediante un compartido alarido, pues tú y yo damos forma al mismo hastío, el que procede de la vida, una inmanencia vital por medio de una reacción humana frente al ocultamiento del propio concepto.