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Siempre que llegaba a esta parte de la historia, las puertas del vagón la despertaban y él se perdía, como tantos otros, en la multitud.
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Don Arturo cierra la puerta de su casa tras de sí, en Alameda 1158. Camina en dirección a La Moneda, cruzando la avenida en la que alguna vez azuzó a las masas desde el balcón de su hogar, época en que fue catalogado como "El León", nombre que calzaba con su rugir al viento líneas colmadas de idealismo mesocrático. Lo que implican estos recuerdos lo pone meláncolico, al tiempo que espera que los semáforos le den verde. Hasta siente pena por él mismo, pero finalmente acepta que el trabajo como estatua tras el Palacio debe cumplirlo con brioso estoicismo.