Nos fijamos en sus mantos, sus pañuelos, sus trapos. Sus rasgos culturales hacen figuras humanas. Y, sin embargo, el pintor de allá arriba prefirió que nosotros dibujáramos sus caras. Triste sino de la humanidad que nos hemos olvidado de pintar, no vemos caras y, por tanto, no hay mentes ni sentimientos. Siempre les quedarán los bonitos rasgos culturales para vestirse, y taparse, y cubrirse, y protegerse de los que no entienden de arte, ni vida.
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