11/13/09
Me iba de la facultad, esperaba hasta las cuatro de la tarde, tomaba un taxi hasta nueve de julio e independencia y lo esperaba.
Más tarde pasábamos juntos la tarde, charlando, teniendo sexo, visitando paseos de compra, quién sabe qué otras cosas; cenábamos, abríamos un vino o un champagne y nos sumergíamos en los placeres terrenales. No me daba cuenta de que toda esa paz superficial era trágica adentro mío. Esa maldita manía mía de creer que todo está bien. Que porque me quedaba a dormir en su casa, él me quería. Que porque me hacía el desayuno, me quería. Que porque compartíamos la misma cama o teníamos excelente sexo, me quería. Sí, suena razonable: pero no me quería, o al menos como yo quería que me quisiera. ¿Soy clara? Sé que soy exigente pero no podía soportar ser menos que la mujer de su vida, en vistas de que él era el hombre de la mía.
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