"Esto se llama
fader o potenciómetro".
Amigo de anglicismos y téminos estrafalarios, lo de potenciómetro le sonó fatal. Por eso repetía para sus adentro "fader, fader, fader..." Enjuto y barbilampiño, el jóven miraba ojiplático la gastada mesa de mezclas. Bajo su camiseta negra apenas se reunirían un par de kilos de carne, pero a todo lo largo que era (y lo era mucho) se volcaba para leer las inscripciones de las ruletas. El subir y bajar de los
leds verdes, que, por fracciones de segundos, llegaban a tornarse rojos en su extremo superior, le terminó de hipnotizar.
A su lado un hombre gordo y cuarentón, mal vestido y peor lavado, seguía con su recital de términos sónicos, relatando una cantinela que ya había interpretado demasiadas veces. Pero ni el punzante olor a sudor que desprendía su cicerone le hacía salir a ese chico de la magia de la que se había rodeado. Todo era fastuoso; los equipos, ajados y obsoletos, parecían contarle las historias en las que habían mediado en los aproximadamente diez años que andaban funcionando. Todos ellos sin mantenimiento alguno.
Tampoco le molestaba al escasamente postadolescente que, sin necesidad comercial alguna, los minutos que estaba sonando una canción cualquiera siempre parecía hacerlo la peor del mundo.
Cuando cesó el ruido a su lado trató de mover la mandíbula para articular una frase.
"Esto es lo que siempre he querido hacer".
"Chaval, no tienes ni puta idea de lo que dices". No volvieron a hablarse en toda la mañana.
http://www.youtube.com/watch?v=YCG_yP5MsMc