Llegó a casa con la correa del perro y la sonrisa colgando, y allí encontró a su madre alborotada, moviendo cajas y maletas. Estas son sábanas, enumeró, mantas, tus zapatos, tu ropa de invierno, bolsos, aquí van pañuelos y bafandas, y esta caja vacía para que dejes lo que llevamos a Cáritas. La sonrisa viró hacia la estupefacción sin perder un centímetro de diámetro y, casi sin querer, comenzó a revolver camisetas y otra serie de cosas de escaso valor económico y, quería recordar que, mucho sentimental.
Es lo mejor, reptía, machaconamente, la voz materna sobre su hombro, verás como me lo agradeces. Tienes permiso para poner las cosas a tu aire, ordénate como quieras. El puto perro, que es muy listo, no se separaba de ella ni un centímetro, hacíéndola tropezar constantemente; pero casi no se daba cuenta, era un sonrienete zombi transportando cosas de un lado a otro de esa zona cero anteriormente conocida como pasillo. Su padre, desde el sillón y sobre el periódico, la miraba reconfortado, sin acertar a descubir que aquella sonrisa era más mueca que espejo de ánimos.
Desde luego esa no era su idea de la independencia. Su voluntad se debatía entre los tres estados: aceptación, rebeldía o reforma, dudando en qué consistía, exactamente, cada uno de ellos.
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illana, qué poco te prodigas por estos lares