El terrao
Estoy en una terrao con unos amigos de lo más variopinto -hay gente de diferentes grupos que frecuento, y que no suelen mezclarse entre si-, echados bajo el sol primaveral, jugando a las cartas, y bebiendo una especie de ponche anaranjado que sabe como al "caldo" que deja el pollo asado en las máquinas donde los churrascan en serie, incrementando la sed que ya traemos encima, que no es poca.
-Es un refresco turco-, me explican.
A cada trago la garganta parece resecarse aún más, y la lengua da tumbos al hablar, como si estuviera "morcillona" de darle al palique. El único tema de conversación es el agobio que flota en el ambiente. Ni siquiera las moscas se mueven de la pared, inmovilizadas por el sopor.
-El calor es insoportable-, digo. -Me arde la cabeza y estoy empezando a ver chispas en el aire. ¿No hay cerveza? Aunque sea de la mala-.
-A mi me están saliendo granos en la espalda-, dice un chico pelirrojo que parece extranjero, y que está dibujando un grafitti en la pared de la caseta del motor del ascensor. -Bebe caldo turco. Es bueno para ti-.
"Es bueno para ti". Detesto que me digan lo que es bueno o lo que es malo. Es malo comer en MacDonaldŽs. Es malo trasnochar. Es malo, por supuesto, existir, porque gastas el ser sin darte cuenta.
En un rincón de la terraza, bajo el palio de unas sábanas tendidas, pincha un tío en una especie de mesita de camping, poniendo discos pequeños en un viejo pickup. El sol es tan fuerte que algunos empiezan a doblársele hasta partirse en dos. Otros simplemente se deshacen por el calor, convirtiéndose en una papilla negruzca.
-Parece sopa de regaliz-, dice una chica con unas gafas de pasta roja inmensas, que me recuerda vagamente a Poch, el cantante de Derribos Arias.
La música cesa y el sol parece aumentar su potencia cegadora, fundiendo a blanco todo lo que nos rodea, como cuando le das al control del brillo en un televisor y lo subes a toda hostia.
-Si no ponemos música moriremos-, dice un chico que está tirado por el suelo, dibujando a carboncillo los contornos de una señora mayor que baila una rumba imaginaria descalza, con los pies metidos en sendas cajas de latas de sardinas, a modo de calzado improvisado.
Miro a mi alrededor. Sólo hay vasos de plástico vacíos, colillas y viejas pinzas de la ropa. Tomo una entre los dedos y se la paso al DJ.
-Pon esto-.
-Pero... Si es una pinza-.
-En realidad es un Ipod-, argumento. -Todas las pinzas lo son. Tienen dentro almacenadas las canciones que las radios han emitido durante años. Según donde la conectes suena una época u otra. Por la parte de abajo, hacia la mitad, están los viejos éxitos de la radio de los sesenta-.
El poco crédulo DJ sigue mis instrucciones y al cabo está sonando un viejo éxito de Pepino Di Capri.
La señora mayor no para de insinuarse a todos los jovenzuelos, que pasan de ella olímpicamente. Cuando llega donde estoy yo empieza a agobiarme sistemáticamente con el hecho de que lleve el polo abrochado hasta arriba.
-Te vas a asar...-.
-Es así como me gusta-, respondo de mal humor, a la cuarta vez.
-Me estás dando calor-, dice ella. No puedo evitar mirarle los muñones que tiene por pies. Me desagrada verla bailando esa especie de flamenco inventado y exhibiéndolos sin ningún pudor. Me entran ganas de hostigarla. Darle un golpe en la cabeza con algo contundente. O llamarla "puta" y darle un empujón.
-Vamos a tirarnos por el patio de luces-, dice uno de los chicos que está por tierra.
-¿Qué dices? ¿No ves que nos podemos matar?-, exclama su novia horrorizada.
Acto seguido se pone de pie de un salto sobre la barandilla del deslunado, toma aire y se lanza al vacío. Todo el mundo corre a ver qué ha pasado, pensando que se ha hecho papilla contra las terracitas de los primeros pisos, pero al asomarnos lo vemos intacto, riendo plantado sobre un tejado de uralita.
-Vamos-, nos invita con un ademán. -Es divertido-.
Su novia hace lo mismo y se planta de un salto junto a él, sin sufrir ningún tipo de injerencia de la ley gravitatoria terrestre.
-Increíble-.
Todos saltamos cayendo por el patio de luces sin ningún miedo, y posándonos sobre los tendederos, las cornisas o el terrazo del deslunado.
Carcajeamos sin parar, asombrados por lo extraordinario de la situación.
De repente las risas se cortan en seco. El estudiante extranjero salta al mismo tiempo que unas nubes se posan frente al sol, tapándolo con un velo plomizo. El efecto antigravitatorio deja de obrar y cae a una velocidad pasmosa, estampándose contra el suelo y convirtiéndose en algo parecido a la pulpa de sandía.
On May 28 2009
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