Un bar sórdido y una multitud que bien podría no estar ahí. Una figura sola, apoyada contra una pared negra. Una música que, por el volumen, más se asemeja a los últimos instantes agónicos de cualquier puerco que a la melodía de algo que merezca la pena.
Un portero con cara de pocos amigos. Un suelo pegajoso. Un olor fétido. Luz tan potente como intermitente. Humo. Hielo chocando contra cristal. Comunicación a gritos.
Y en su cabeza, una única melodía. Lo único que aportaba algo de luz a la noche