Eva no hace más que tropezarse últimamente.
Los cuentos de la lechera no son más que zancadillas en el momento sublime de la historia. Eva no deja de pensar qué será de Ella dentro de un año, dentro de un año y medio o cuando sea mayor. A Ella le parece importante conocer bien los lugares, saber dónde están los escalones o los puestos de helados de camino a la Universidad, al Zapatero, a los Bares, al Trabajo… Así, si algún día a alguien se le ocurre apagar las luces de la ciudad, sabrá llegar sin linternas, porque a Eva no le gustan las linternas.
Tanto conocimiento y confianza en el mundo presente hace que se olvide de los escalones a la salida del metro, de la marabunta de gente, de las nuevas obras del Ayuntamiento de Madrid…
EVA DIVAGA. Y entre tanta divagación, desaparecen los peldaños y Ella (sigue) quiere seguir subiendo. Eso le supone ciertas enemistades con la gravedad cuya fuerza le obliga a doblegarse ante ella (es decir, un simple traspié). La gente le mira y nadie entiende ese empeño en levantar tanto las rodillas a cada paso. Es como si el fin de las escaleras fuera el fin de sus historias, de su música en el émepe-trés, de su posible vida futura... Pero más importante que eso es el sofoco que le causa el recuerdo de que casi se deja los dientes "Al final de la (maldita) escalera", que ni aquella peli canadiense llena de muertos.
Luego (llega a su casa, a clase, al trabajo, al zapatero y)
piensa que tantas elucubraciones están fuera del Mundo y de sus límites, que son un sinsentido y que si Wittgenstein despertara, le diría (a Eva) -en alemán- que estaba malogrando el lenguaje lógico por el que él se había desvivido antes de contradecirse. Que qué narices era eso de divagar gratuitamente sin concentrarse en los hechos actuales, presentes, tangibles. Que ya estaba bien de tanta tontería. Que menos filosofía y más cuidado con los escalones, tontorrona, porque eso es lo que eres. Desde luego.
You better rearrange your philosophies
http://www.youtube.com/watch?v=0pfiwtl3OhM
qué preciosa