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Historias invisibles

chusko

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chusko's photo from 1/5/09
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1/5/09
Poco antes de que cayera la tarde, Teresa llegó a casa de su hermana haciendo un esfuerzo por disimular su inquietud y dejó a los niños jugando con sus primos. Luego, con la usual premura con que manejaba las cosas de su hogar, surcó en el auto la violenta avenida que conducía a casa de Erika. Ya en la puerta, frente al vigilante, trató de calmarse un poco, y se secó el sudor de las manos en los pliegues de su abrigo. El ascensor fue una tortura asfixiante, tanto que al llegar al sexto piso y sentir repentinamente el golpe de aire frío que le daba de lleno en la cara, la invadió la misma sensación culposa que la dominaba cada vez que se confesaba en la iglesia. Sintió que ingresaba a un helado infierno en el que revelaría sus maldades.
No esperó mucho tiempo en la puerta, Erika la esperaba hacía media hora.
- Tengo que pedirte un favor -le había dicho Teresa por teléfono.
- Yo también tengo que pedirte un favor, Tere... –le contestó Erika con voz sofocada, lo cual le produjo más escalofríos y temor que su propio dilema. Que Erika, una mujer tan orgullosa y autosuficiente, pidiera un favor con el tono sombrío con que lo había hecho era algo bastante extraño.
Ahora estaban en el departamento de Erika, amoblado fríamente, de paredes escarchadas y adornado con lámparas estilizadas, sillones de cuero negro, un inmenso televisor de plasma y una mesa de centro de vidrio oscuro con flores secas en algo parecido a un florero. El semblante angustiado de Teresa no resistía el más mínimo escrutinio, de manera que Erika, tan intuitiva y certera como vanidosa, se dio cuenta al instante de qué se trataba pero trató de no hacerlo obvio. Si Teresa no hubiera estado tan ensimismada, podría haber visto que el rostro de Erika tampoco era el mismo de siempre; un invisible hilo de debilidad lo había marcado.
- Erika, necesito que cuides a los niños tres días, desde el lunes hasta el miércoles… -soltó Teresa repentinamente.
Erika frunció el ceño mientras le entregaba un vaso de agua a Teresa. Luego empezó a servirse un trago.
- ¿Ese es el gran favor que me ibas a pedir? –dijo mientras llenaba su vaso-. Yo encantada, pero tienes que contarme. ¿Por qué no los dejas con tu hermana?
- Porque no quiero que ella sepa que voy a viajar…
- ¿Y a dónde vas?
- Viajo a Trujillo, dos días… Voy a adoptar a un niño.
Deteniendo su vaso antes de que llegara a su boca, Erika la miró con asombro.
- ¿Adoptar? Pero… ¿estás segura?
Las manos de Teresa nuevamente estaban bañadas en sudor, su inquietud volvía su mirada esquiva y huidiza.
- Bueno, no pregunto más -dijo Erika-. Yo solo te ayudaré, si no quieres…
- Raimundo ha tenido un hijo en Trujillo –la interrumpió violentamente Teresa sin mirarle a los ojos.
Esta vez, Erika se llevó rápidamente el vaso a los labios y bebió un largo sorbo.
- Vas a adoptar al hijo que tu esposo ha tenido con su amante… ¿Es eso? – dijo finalmente.
Por primera vez desde su llegada, Teresa la miró a los ojos, tratando de mostrarse fuerte, aunque Erika la veía más frágil y suplicante que nunca.
- ¿Qué harías tú? –preguntó tímidamente Teresa-. Ponte en mi lugar.
- ¿Qué haría yo? Eso nunca lo sabremos, mujer... -dijo Erika con ese aire refinado que mortificaba a Teresa, haciéndola sentir fuera de lugar-. ¿Cómo pasó todo?
Tomando aire profundamente, con la mirada aún apagada y fija en la mesa oscura, Teresa narró cada detalle del dilema, los viajes de su esposo, médico internista, a Trujillo, a pequeños pueblos alejados de la urbe. Describió las circunstancias en que Raimundo tuvo que alojarse en casa de una familia de comerciantes, en donde conoció a la hija de estos, una joven que, según todos los que la habían conocido, amigos mutuos de su esposo y ella, era una chica encantadora, sin pizca de malicia. Le contó acerca de los repetidos viajes y las largas temporadas en dicha casa.
- Claro. Y tú sospechabas… No, tú sabías lo que pasaba y te hacías de la vista gorda, ¿verdad?
- Erika, lo último que quiero es que me sermonees, por favor…
- No, no lo haré. No soy nadie para sermonearte. Pero es que… ¡por dios! ¿Estás segura de lo que vas a hacer?
- Sí, lo he pensado mucho… No quiero que Raimundo tenga que ver más a esa chica, no quiero que utilice a ese niño para sacarle dinero.
- Pero, ¿has hablado con ella? ¿Cómo...?
- Sí, hablé con ella. Le he dicho que voy para allá y que he pensado adoptar al niño.
- ¿Y crees que ella lo va a soltar? ¿Tú crees que esa chibola huevona no sabe que ese chibolo le asegurará el futuro? Ese hijo es su negocio, tonta.
- En realidad, eso pensé en un comienzo – dijo Teresa -. Pero luego de escribirle y conversar con ella por teléfono, por cosas que me ha contado Raimundo, he notado que ella está enamorada. Me doy cuenta de que se ilusionó. No es una chica que actuaría alevosamente para perjudicarlo, solo es inexperta. Hasta inculta, diría. En sus correos se expresa tan pobremente que hasta me da pena...
Erika apuró el vaso y mientras se servía otro trago dijo:

(Continúa abajo)

Guestbook Comments (20)

- Tu marido es una mierda. Hacerle eso a una chica provinciana, joderle la vida…
- ¡No hables así de él! Se siente tan mal el pobre. Sí lo vieras, está destrozado.
El gesto de Erika no pudo ser más evidente. Teresa sintió una ligera opresión, pero no dudó en continuar defendiendo a su esposo.
- Mira, Raimundo no es malo. No ha hecho esto por maldad, ni conmigo ni con ella. Tú no tienes idea de cuántas mujeres bonitas se le acercan con la intención de vivirlo, no sabes cuántas se le regalan. Pero él se de cuenta y no les hace caso. Sí el fuera malo hace rato se habría liado con alguna de esas tipas. Pero esta chica es distinta.
- ¿Cómo distinta? –preguntó Erika sin dar crédito a lo que escuchaba.
- Raimundo dice que se parece a mí –contestó Teresa con aplomo.
Dejando el vaso sobre la mesa de centro, Erika se puso de pie y empezó a caminar por la sala, mientras encendía un cigarrillo. No podía creer lo que escuchaba, le parecía insoportable que una mujer con formación, sensible e inteligente defendiera una situación así. No le parecía tener ante sí a la misma Teresa en la que había confiado tantas veces, a la que contaba cada duda e incertidumbre que la asaltaba, la que la auxiliaba en cada crisis nerviosa o afectiva. No, no era posible.

Teresa también se sintió incomoda. Esperaba, en el fondo, que Erika fuera condescendiente con ella. ¿Acaso ella no había soportado sus arrebatos depresivos, sus llamadas a medianoche pidiendo ayuda o que la acompañara a algún doctor porque se había tomado tantas pastillas o porque tenía miedo de los cuchillos? ¿Cuántas veces tuvo que ir a recogerla de casa de alguno de sus amantes porque no se podía mantener en pie por lo borracha? No, Erika no podía tratarla con ese desdén.
- Raimundo no es como otros, Erika -trató de continuar-. Es un buen padre, mis hijos lo quieren y tiene…
- ¿Y tu orgullo? –interrumpió violentamente Erika-. ¿Vas a dejar que pisotee así lo que sientes?
- ¿Qué es el orgullo? -preguntó Teresa con aire serio, aparentando gravedad-. Hay cosas más valiosas…
- Oye, Teresa… Yo te quiero, lo sabes, y siempre te he admirado, pero esto que vas a hacer no es lo correcto. No te digo que te separes. Me imagino que debe dolerte horrible. Tienes razón en que yo no puedo ponerme en tu lugar, yo no tengo una familia, pero creo que estás actuando impulsivamente. ¿No crees que ese niño se sentirá mal de ser un recogido? ¿Te has puesto a pensar en lo que sentirá cuando…?
- Nunca lo sabrá –interrumpió Teresa.

Para Erika, tan proclive a enfrentarse a todo lo que la atara incluso simbólicamente, la idea de que una persona viviera en el engaño era una monstruosidad. Fue la primera vez que le lanzó una mirada de evidente reproche a alguien que había hecho tanto por ella. Teresa esquivó esa mirada temerosamente.
- ¿Crees que tienes derecho a decidir sobre ese niño? – preguntó Erika exhalando una bocanada larga.
- Estará mejor conmigo que con esa mujer –respondió Teresa, como si hubiera estado esperando esa pregunta.
La inquietud de Erika, que se desplazaba por la sala fumando nerviosamente, desesperaba a Teresa. La débil luz de la tarde daba a las cosas un sombrío aspecto que la entristecía más aún.
- ¿Cuál era el favor que me ibas a pedir? –preguntó Teresa levemente.
Los pasos de Erika fueron violentos; se acercó a la mesita de centro y tomó el vaso para volver a llenarlo. La mirada de Teresa no se desprendía de ella y del vaso.
- Tere, voy a abortar otra vez… -dijo Erika con voz lánguida, un suspiro interrumpido y un leve temblor de labios. Las manos de Teresa se llenaron de sudor nuevamente. Luego pensó que era extraño ver a Erika en esa situación, frágil y vulnerable, y se sintió tentada de atacarla, de redimir la humillación a la que se sentía sometida, pero finalmente calló.
- Esta vez tengo miedo -dijo Erika con voz lúgubre-. Es mi sexto aborto y la última vez tuve una infección, ¿recuerdas?

Antes de que Teresa dijera algo, continúo hablando con una sonrisa y mirada dulces:
- Claro que lo recuerdas, si estuviste ahí, conmigo, como siempre.
Teresa bajó la mirada y sintió vergüenza por lo que había pensado hacía un instante.
- Bueno, realmente no te imagino como madre –dijo Teresa-.
Erika cambió de expresión.
- Eres tan independiente, tan libre, ves las cosas de manera tan distinta, que no te imagino con alguien dependiendo de ti –continuó Teresa, casi entusiasmada-. Cuidar de un niño es tan...
- Tere, la infección me hizo mucho daño –interrumpió Erika-. El doctor dijo que si tenía un aborto más era posible que quedara estéril…
Ante el silencio incómodo que sucedió a las palabras de Erika, Teresa se sintió intimidada, sin saber cómo reaccionar.
- Sé qué estás pensando –dijo Erika rompiendo las cavilaciones de Teresa-. Siempre he dicho que no quiero hijos, que no quiero casarme. Pero ahora, ante la posibilidad de quedar estéril, no sé… Es como haber estado siempre al borde de un precipicio, dispuesta a saltar, deseándolo incluso, y que de un momento a otro, alguien te apunte con un arma y te obligue a hacerlo; es como que el salto dejara de ser una decisión y se volviera una fatalidad.
Teresa seguía sin saber qué decir ante la situación inesperada.
- ¿Quieres que te acompañe al doctor esta vez? –preguntó repentinamente para romper su incertidumbre.
- Por favor –respondió inmediatamente Erika, suplicante.

El vaso de agua en manos de Teresa se había puesto tibia, pero Teresa lo secó casi de golpe ante la mirada cansada de Erika.
- Es gracioso esto, ¿verdad? –dijo Teresa repentinamente, sin reparar mucho en sus palabras-. Tú buscas acabar con una vida y yo tengo que tomar una casi obligatoriamente…
- ¡No busco acabar con una vida! –respondió algo irritada-. Al contrario, esta vez quisiera no tener que hacerlo…
- ¿Y por qué no lo tienes? –preguntó Teresa.
El gesto de Erika fue de compunción, extrañeza, era evidente que deseaba expresar algo que ni ella habría imaginado que diría alguna vez.
-Me imagino que ya habrás hablado con el padre -continuó Teresa-. Por cierto, el padre es Ricardo, ¿verdad?
- No –dijo Erika rápidamente, con el típico descaro y cinismo con que solía dar cuenta de sus errores y devaneos.
- Ah, bueno –dijo Teresa sabiendo que a continuación, Teresa se revestiría de dureza, de ironía e insolencia, lo que sea para terminar de embarrar sus actos, regodeándose en el fango en el que su irresponsabilidad la había lanzado.
- El hijo es de mi ex, de Javier.
- Javier, claro… -contestó mecánicamente Teresa-. Entonces, ¿cuántos meses llevas de embarazo? Pensé que habías dicho que no lo volverías a ver desde aquella vez.
- Lo he seguido viendo todo este tiempo. No te lo dije porque sabía que no te gustaría –respondió Erika con rudeza.

Viendo la expresión defensiva de su amiga, Teresa se dio cuenta de que Erika temía su juicio, que a pesar de haberle pedido ayuda tantas veces, Erika le había ocultado algo importante. A pesar de haberla llevado al hospital aquella vez, llena de moretones y casi delirando por las pastillas que había ingerido. Ahora resultaba que lo había seguido viendo. Una ligera rabia la turbó, un instante de furor que la impulsó a decir con rudeza:
- Y dime, ¿Javier se llego a divorciar?
- No –volvió a contestar Erika con aspereza, mirando a los ojos de su amiga como si estuviera preparada para otro juicio. Teresa sintió que no debía continuar hablando, pero dijo:
- ¿Y qué opina él?
- Él no sabe nada, y no lo sabrá.
- Entiendo… - contestó tristemente Teresa.
Haciendo un leve esfuerzo por ponerse de pie, Erika se acercó nuevamente a la botella de licor y se volvió a servir un vaso. Lo bebió de golpe y se volvió a servir otro. A Teresa le empezó a faltar el aire, los nervios la carcomían sabiendo lo que se avecinaba, una de las crisis de Erika. Y esta sería una terrible.
- En realidad, no entiendes nada, Tere –dijo Erika con voz pastosa.
Teresa tuvo un ligero estremecimiento al reconocer en la voz de su amiga la cadencia ebria de sus palabras. Sin embargo, pensó que no se dejaría vapulear como en otras ocasiones, a fin de cuentas, ya Erika la había maltratado mucho. Los labios se le endurecieron y no pudo decir nada; fue Erika quien habló.

- Tú crees que para mí es fácil, ¿verdad? Porque consideras que estoy acostumbrada a estas cosas, a que me maltraten y se burlen de mí…
- Erika, los hombres no se burlan de ti. Tú escoges a ese tipo de hombres…
- ¿Lo ves? –la interrumpió-. Ahora dirás que todo es culpa mía.
Teresa se envalentonó repentinamente.
- En parte lo es –dijo con voz apagada.
Sonriendo con cinismo, Erika meneó la cabeza.
- Claro –dijo sin mirar a Teresa-. Es culpa mía, ¿verdad? Yo soy la puta, la estúpida que va a abortar un hijo de un hombre que la maltrata… Y que encima es casado.
- Aquella vez en el hospital me dijiste que no lo volverías a ver –respondió Teresa sin atender a los lamentos autocompasivos de su amiga-. Lloraste tanto y estabas tan mal que te creí. Ya no sé qué esperar de ti. Ya no sé si esforzarme por ayudarte o no.
- Seguro. No soy de confiar, claro –respondió insolente Erika.
- No te pongas como una niña, mujer. Yo solo quiero…
- ¡Tú solo quieres que haga lo que tú dices! ¡Quieres sentir que tu vida no es tan miserable en comparación a la mía!
- Deja de decir niñerías, Erika…
- ¿Niñerías? Prefiero comportarme como una niña antes que ser como tú, dejarme pisar por un hombre que aparenta ser fiel y bueno ante la gente, y que finalmente obliga a su esposa a hacerse cargo de sus irresponsabilidades.
- ¡Él no me ha obligado a nada! Es mi decisión, he sido libre.
Erika rió estruendosamente, casi con vulgaridad, con esa risa hiriente que avergonzaba a Teresa.

- Tú no eres libre –dijo cuando dejó de reír-. Actúas así porque no puedes hacer otra cosa, porque estás atrapada, porque no quieres perder tu equilibrio, un esposo que te mantiene y paga tus caprichos. Actúas así para fingir que eres buena y hacerte la fuerte, y en realidad, te mueres de miedo de quedarte a solas con tus hijos, de mantenerlos por tu cuenta, de que todos vean que tu esposo ha buscado fuera lo que no le das, porque eres una aburrida, porque lo has metido en una rutina de la que él quiere escapar…
- Cállate.
- ¡No me callo! Sabes que es verdad. Tienes una vida aburrida. ¿Y sabes qué? En verdad, entiendo a tu esposo. Entiendo que haya buscado algo mejor lejos de ti, algo que rompiera su tedio, esa rutina a la que lo has condenado con tus reuniones de padres de familia y parientes aburridos. Si yo lo sé bien –dijo bebiendo un sorbo y sonriendo-. ¿Por qué crees que me gusta tanto Javier? Porque es lindo conmigo, me engríe más que a su mujer, una estúpida a la que lo único que le interesa es aparentar que tiene una familia, vanagloriarse de sus hijos y de lo bien que los educa… Conmigo Javier se libera, se vuelve loco, me domina, me hace sentir que soy algo importante, que puedo influir en su vida, porque cualquier cosa que yo haga, sacarle celos, coquetear con otros hombres, ignorarlo, producirá una reacción en él. Es mi cómplice. Algo que tú no puedes entender…
- Raimundo y yo somos cómplices, a nuestra manera –dijo tímidamente Teresa.

- No, tú eres su esposa, la que mantiene su equilibrio. Esa mocosa que le ha dado un hijo conoce algo de él que tú no conocerás ya. Conoce la malicia de tu esposo, sus ganas de sentirse joven y vital nuevamente, a pesar del trabajo y la rutina. ¿Tú crees que puedes hacer sentir joven a tu esposo? – preguntó con una sonrisa desfachatada-. Tere, basta con mirarte para darse cuenta que ni siquiera te gusta el sexo…
Teresa la miró incrédula.
- No me mires así. Simplemente no te gusta, o has perdido el placer por hacerlo.
- Sí me gusta el sexo… -interrumpió Teresa, intentando mostrar más que nunca su fastidio.
- No es cierto, no te gusta... A ver, dime, ¿cuándo fue la última vez que lo hiciste con él?
- Eso no te importa –contestó incómoda Teresa.
- ¿Alguna vez se la has chupado? –balbuceó Erika.
Teresa no sabía si ponerse de pie y retirarse, la angustia la paralizaba.
- Cállate, por favor –atinó a decir-. No me hagas decir cosas feas.
- ¿Cosas feas? –dijo Erika con ironía-. ¿Qué cosas feas puedes decirme tú? Mi amor, he pasado tantas cosas –dijo con soberbia e inclinando el cuerpo hacia su amiga-, he vivido cosas que a las que tú no sobrevivirías. ¿Crees que porque Javier me golpeaba y me humillaba frente a mis novios me siento disminuida? ¡Al contrario! Eso me hace fuerte. Tú no sabes lo que es haber tocado el fondo, que te humillen, que te degraden al nivel de un objeto, y luego levantarte y seguir viviendo como si nada hubiera pasado. Tú no sabes nada...

Cuando Erika terminó de hablar, Teresa lloraba. Bufando y bebiendo, Erika evitaba mirarla. Le desagradaba la debilidad de su amiga, su falta de arrojo y determinación. Pensaba que Teresa no era nadie para reclamarle nada, ni para juzgar sus actos.
- Al menos yo no me quedaré sola –dijo Teresa sollozando.
Esas palabras fueron un detonante inesperado para Erika, un golpe que la hizo sentir cómo la rabia llegaba hasta pecho, apagando su voz, como una marea que ahogaba.
- Tienes treinta y seis años y mírate –continuó Teresa-. No has tenido nunca una relación buena. ¿Cuál de tus novios estuvo contigo cuando casi te mueres por culpa de Javier? ¿De qué ha servido tu actitud? ¿Puedes hacer que un hombre confíe en ti? ¿Puedes ser transparente ante alguien? ¿Puedes de verdad darte a conocer a una persona? No, no puedes. Porque en el fondo te avergüenzas de lo que eres. Conmigo te haces la valiente porque sabes que te conozco, todas tus palabras son solo bravuconadas que no serías capaz de repetir ante otras personas. Sabes que nadie va a confiar jamás en ti y por eso vuelves a Javier, porque te lo mereces, porque sabes que es tan hijo de puta como tú. Y cuando terminas como una mierda y necesitas un testigo que escuche tus justificaciones, alguien ante quien ordenar y manipular los hechos para que puedas aparentar ser una mujer fuerte, para pretender que controlas las cosas y tus decisiones, para que puedas creértelo, me buscas y me cuentas y yo te escucho. Eres patética, en verdad…

- ¿Y tú crees que le tengo miedo a la soledad? Basta con que mueva una mano para que un hombre venga a mí. No me quedaré sola nunca. Siempre habrá alguien. ¿Sabes por qué? Porque yo sí sé querer, yo sí se entregarme por completo…
- ¿Alguien? ¿Alguien como Javier?
- Si no es él será otro…
- Erika, te recuerdo que antes de Javier estuvo Marcos y fue igual, también lo amaste, aunque solo estuviste con él tres meses. Al final, todos terminan siendo especiales, al final los amas tanto a todos, y de la misma manera, que es como que no amaras a ninguno. Crees que hacer locuras y comportarte como una desequilibrada es querer y entregarse de verdad, demostrar que es algo especial. ¡Pero lo haces con todos! Lo mismo dijiste de Javier y Marcos, de ese tipo de tu trabajo y del primo de Celia. A todos los amas “con locura”. Por eso, seguramente puedas tener al hombre que quieras, pero así como ellos no serán nada para ti, tú no serás nada para ellos, terminarán olvidándote o despreciándote cuando sepan lo que eres en verdad.
- Pero al menos soy libre –respondió iracunda Erika-. Al menos disfruto de mi vida plenamente, me divierto, salgo, conozco gente y tengo amigos…

- ¿Amigos? –interrumpió Teresa, sintiendo que por fin podía controlar la discusión-. Tú no tienes amigos, Erika. Tienes huevones que andan detrás de ti para acostarse contigo, pobres imbéciles a los que vives provocando y que dicen valorarte porque aparentas ser una persona sensible, cuando en realidad eres vacía. Tú no eres libre, Erika, eres vacía. Solo sabes esconder tu vacío con palabras bonitas, hablando de libertad, haciéndote la atrevida y la valiente. Eres vacía.
- Cállate, estúpida… -dijo lentamente Erika, con rabia y con los labios temblando-. Al menos yo no cargaré con las pendejadas de un esposo desgraciado. Al menos yo nunca seré la cornuda de alguien, nadie se va a burlar de mí.
- Erika, todos los que se acercan a ti se terminan burlando…
Erika rió suavemente, acomodándose en el sillón.
- Sí, mi amor, de ti nadie se ha burlado… -empezó a decir Erika con el sarcasmo que tanto temía Teresa-. En realidad, ahora que te escucho, me doy cuenta. Sí, he estado equivocada. Creo que lo que te ha pasado, en realidad, no te duele, más bien te gusta. ¿Cierto? Debes sentirte muy mujer, muy madre.
- Deja de hablar estupideces…
- Sí, es eso. Seguramente es una manera superior de disfrutar del sexo, ¿verdad? Una manera más elevada y no la manera vulgar y primitiva en la que yo disfruto. Seguramente debe ser muy arrechante que tu marido vaya por ahí derramando su semen en otras mujeres ¡pero siempre volviendo a mamá! ¿Verdad? Te excita, ¿verdad? Claro, es eso…

Teresa estaba sonrojada y con el rostro compungido. Nunca sabía que contestar cuando Erika usaba ese tono tan prosaico y sórdido para expresarse. Era como que todas las palabras enaltecedoras que Erika solía usar cuando conversaba con desconocidos, se borraran de su mente, convirtiéndola en una desconocida. En adelante, solo habría palabras denigrantes, crisis, posiblemente una nueva noche en algún hospital.
- Solo sabes hablar de sexo cuando no tienes argumentos. Pretendes hacerme creer que el sexo lo es todo y que eres mejor que yo porque eres más promiscua… Estúpida.
- ¡No, eres tú la que juzga todo a través del sexo! Eres tú la que me desprecia solo porque soy libre de acostarme con quien quiero, porque no estoy atada. Como si mi cuerpo fuera tuyo. ¿Qué tiene que ver el sexo? ¿Acaso no te das cuenta que es más importante para mí tener el afecto de alguien? Yo solo busco un poco de cariño de los hombres, eso es todo.
Teresa la miró y no pudo, en medio de sus lágrimas, contener una sonrisa sarcástica. Erika no lo soportó.
- Anda, dímelo –dijo retándola-. Dime lo que siempre has querido decirme…
Teresa apretó la cartera en sus manos, como tomando valor. Desencajada, Teresa notó que su amiga estaba debatiéndose entre callar o hablar. Y como siempre, decidió empeorarlo todo.
- No te atreverás a decírmelo… nunca te atreves a nada, cobarde estúpida.
Teresa le demostraría que sí era capaz de atreverse.

- ¡Puta! –dijo suavemente. No podía creer que lo estaba diciendo. La mirada de Teresa fue fulminante; expresaba el golpe al final de la caída. Finalmente, había cruzado la línea. Había hecho que la hirieran una vez más Y nuevamente se sintió una víctima. Tambaleándose buscó el sofá y se arrodilló en él mientras sollozaba. Teresa permanecía quieta, temerosa, sabiendo que había sido instrumento en la tragedia de su amiga, personaje en el teatro de su desgracia, de manera que ya no le importaba nada.
- ¡Puta! –dijo Teresa llorando sin contenerse- ¡Siempre has sido una puta! Siempre has destruido las cosas buenas que te rodean.
En el sillón, una vez más Erika, regodeándose en su desgracia, se sintió fuerte, dueña de su miseria y su desamparo; lanzó una risa fingida con tanto estruendo que derramo unas gotas de licor.
- ¿Tienes el descaro de llamarme puta? –dijo buscando los ojos de Teresa- ¿Tú? Tú que vives mantenida por un hombre que te humilla, que te restriega en la cara que no le importas más que para aparentar ser un buen hombre, que eres capaz de esconder tu miseria y no eres sincera con nadie, que te pones encima una cruz solo para no perder tu condición…

- ¡Sabes que eres una puta! –gritó Teresa ya bañada en lágrimas, sin poder contenerse-. Vives fingiendo que eres querida y sabes que nadie te quiere en realidad porque nadie te conoce. Ni siquiera eres capaz de serle fiel al hijo de puta ese que quieres, ni siquiera puedes decirle la verdad y no puedes darle un hijo. No puedes ser sincera con nadie… ¿Cómo puedes decir que no eres una puta si vives arrastrándote de hombre en hombre, diciendo que a todos los amas por igual, que todos son el amor de tu vida? ¿Qué mierda vale el amor de una persona como tú? ¿Qué mierda vales, puta estúpida?
- ¡Al menos yo ejerzo la carrera que estudiamos y me mantengo por mi cuenta, no como tú que solo la usaste para cazar un marido acomodado! Lo que yo haga en mi vida personal es cosa mía y no tengo por qué ir contándosela a la gente.
Ya todo eran gritos, sollozos. Teresa se ponía de pie y recogía su abrigo, su cartera, mientras tomaba fuerzas para decir finalmente:
- ¿Y de que te sirve? ¡Si ni siquiera puedes elegir si tener un hijo o no!
- ¡Me sirve para ser libre! ¡Para no estar atada a un miserable que me humilla y me trata como una máscara! ¡Tú eres la puta! ¿Acaso no te das cuenta?

- ¡No! Tú eres la puta… Al menos mi esposo me quiere, a ti no te quiere nadie, ni el imbécil de Javier ni el pobre infeliz de tu novio que no te conoce, porque si supiera que vas a abortar un hijo del idiota que te mandaba al hospital, se avergonzaría y te dejaría… A ver, atrévete a decírselo, puta de mierda… ¡Atrévete! ¡Atrévete a contarle lo que eres, puta!
- ¡Cállate, puta de mierda! ¡Lárgate de mi casa! ¿Quién mierda te crees para insultarme? Me das lástima y asco…
- Tú me das lástima y vergüenza. Mírate, seguro ahora irás a buscar a tu novio, a contarle que estás triste, pero no le dirás que vas a abortar un hijo de un imbécil. Me encantaría estar ahí cuando se lo digas…
- ¡Lárgate! –gritó Erika, completamente fuera de sí, ebria y con el rostro surcado por las lágrimas, su voz se quebró y solo atinó a acurrucarse en el sofá mientras Teresa se marchaba sin decir nada.
Al cerrarse la puerta detrás de Teresa, Erika empezó a llorar como una niña.
Teresa prefirió bajar por las escaleras, pues habría sido incómodo encontrarse con alguien por el ascensor, pero ya daba igual, lo importante era salir de ahí. Al llegar al primer piso, se vino abajo: empezó a llorar desconsolada, tratando de ahogar su llanto para que el portero no la escuchara. Se quedó parada en las primeras gradas de la escalera y sin darse cuenta terminó sentándose sobre las mismas, sollozando sobre sus rodillas.

Reaccionó a los pocos minutos, viendo que sus manos estaban ya manchadas por el maquillaje corrido. Trató de limpiarse con un paño mientras se acercaba a su auto. Estaba llegando ya a su auto cuando escuchó que su celular timbraba en su bolso. No contestó pero tampoco encendió el auto. El teléfono dejó de sonar por un instante, luego volvió a sonar. Teresa sabía que se trataba de Erika. Revisó el número de llamada y vio que era el número de su amiga. Miró su celular mientras sonaba, sin decidirse a contestar. El teléfono dejó de sonar y no volvió a hacerlo.
Si llama contestaré, se dijo. El teléfono no volvió a sonar en varios minutos. Ansiosa, marcó el número de Erika. Erika contestó inmediatamente.
- Aló, ¿Tere?
Teresa no contestó. La voz de Erika era ahogada, llorosa.
- ¿Estas aún en el estacionamiento, verdad? –preguntó Erika, ahogada en sollozos.
La noche había caído y, desde su auto, Teresa veía al portero abrir el enrejado para que otros autos entraran al estacionamiento del edificio. Empezó a llorar, cuando escuchó a su amiga decir:
- ¿Qué día debo recoger a los chicos? ¿O los traerás tú? ¿Puedo llevarlos al cine o a McDonalds? Hace tiempo que quiero llevarlos a ver ese espectáculo de fuentes de agua que hay en el centro de Lima…
Teresa solo lloraba.
- ¿Puedo comprarle un vestido a Rosita? He visto uno precioso…
- Erika… ¿cuándo tenemos que ir al doctor?

- No hablemos de eso ahora, ¿sí? Te contaré todo cuando regreses…
Luego solo se escucharon sus sollozos, sus gemidos apagados mientras secaban sus ojos de lágrimas.
- Tere… -dijo Erika ya más calmada-. ¿Puedes subir? Necesito que me abraces.

******************************************************************************

s_h_e_c_c_i_d dijo en 5/01/09 17:10

Awwwwww ... estuve atenta a cada movimiento y acada coma y awww me siguen atrapando estos textos tuyos tan tuyos, que los reconocería en cualquier me gustan mucho tus "gran finali"



me hacen estremecer
Me encanto todo... (L)



de lo ultimo solo podría decir
humanos la verdad unica
jamás nos acompaña...

somos rompecabezas todos
con vidas incompletas
y errores apuntables a
cualquier dedo pero...
aveces solo es más qe eso.

muah!


pek_i dijo en 5/01/09 23:53

todo muy bueno aqui, colores! TODO!
besos "chusko ?" ojala pases



miludc dijo en 7/01/09 13:20

es que las amigas son asi.
unas mas apacionadas que otras, pero al final siempre vuelven a confiarse todo-


fokuslima dijo en 9/01/09 11:59

siempre soy el payaso pe causa,,,



Saludos hombre.



anali_ah dijo en 9/01/09 22:50

la de la foto soy yo no?
=P

:S:S:S:S:S:S:S
ala..... esta segunda impresión me causó (varios adjetivos) nosé, pero definitivamente que si alguna mujer dice no identificarse con el texto, ya sea con cualquiera de las mujeres o kien lo escribió, no es una puta, no. es una mentirosa de lo peor.

al final TODAS tenemos ese final de mierda... y ese desenlace.. y ese conflicto existencial de la soledad... y para variar el 'asunto' de los hombres.

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