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Historias invisibles

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  • 7/23/08
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La última vez que quemé un cuento mío tenía diecinueve años. Recuerdo que ingerí doce Urbadanes luego de hacerlo. Después salí a caminar. Obviamente, mi pena me acompañó en el trayecto. Había sido mi pena quien me sugirió quemar mis cuentos y tomarme las pepas. Era una época en la que yo estaba a su merced.

También fue mi pena la que me sugirió que vendiera mi alma al diablo. “Sí, vendamos mi alma al diablo”, respondí. “Así ya no tendrás que quemar tus cuentos”, me dijo. “Sí, así ya no tendré que quemar mis cuentos”, dije. Entonces, mi pena invocó al diablo. Es muy fácil invocar al diablo, sobre todo si uno tiene una pena.

Cuando tuve al diablo enfrente, no supe por dónde empezar. Le hablé de mis cuentos, de mis proyectos, de mis angustias para escribir, de lo imposible que se me hacía retratar las emociones, de mi falta de voluntad, traté de sorprenderlo hablándole de paganismo, mencioné que mi obra sería un tributo a la rebelión contra los dioses, una exégesis de la naturaleza humana y otras estupideces que ya no recuerdo. Cuando detuve mi verborrea, pude ver que el diablo (que, por cierto, no es tan feo ni terrible como lo pintan) se estaba aburriendo de escucharme.

- Te daré mi alma si me conviertes en escritor –le dije.

Me miró a los ojos profundamente y sentí frío, lo cual fue muy raro porque yo esperaba sentir calor. Su mirada, una mirada que era como caer en una poza oscura durante unos segundos, escrutó mi alma minuciosamente. Cuando acabó de hacerlo y vi su rostro, su desprecio era evidente. Luego se dio la vuelta y dijo:

- Tu alma no vale la pena. Chau.

Fue algo que dolió muchísimo. También dolió cuando le conté a Mirko y no me creyó y dijo que todo era efecto de los Urbanades, que seguramente, en mi estado, confundí al doctor que me hizo el lavado gástrico con el diablo y a la sala de emergencias a la que me llevaron con el infierno. Pero no era cierto. Yo había hablado con el diablo y había visto que mi alma no valía la pena. Aquello fue suficiente para que mi vida cambiara.
Es extraño porque, a partir de ese suceso, nunca más volví a quemar un cuento y, reuniendo escritos que en un inicio eran inconexos, logré escribir mi primer libro. Pero no sólo eso, al escribir mi primer libro, logré separarme de mi pena, dejarla en el camino, callar su voz en mis palabras, ahogar sus lamentos, esa voz y esos lamentos que se habían apoderado de mí y que me hacían actuar de manera doliente ante los demás. Y todo eso porque había visto que mi alma no era nada, salvo lo que yo quería que fuera, al menos, en cierta medida.

Fue la única época de mi vida en la que me sentí en mi lugar, con cada instante en su sitio, con cada emoción dirigida hacia un objetivo. Podía escribir en cualquier sitio, en mi habitación, en un parque, en algún salón vacío de la universidad de la cual ya no era alumno, en la academia en que trabajaba limpiando pisos; llegué a producir cientos de hojas garabateadas, muchas de las cuales fueron finalmente dejadas de lado sin ningún remordimiento.

Fue una época en que no me importaba morir de hambre. Estaba dispuesto a vivir mi vida limpiando baños y pisos, atendiendo el kiosco de una academia, lavando platos o siendo mesero en algún restaurante de quinta categoría. Nada de eso me importaba porque al terminar el día, llegaría a mi casa a escribir. Cuando terminé mi libro, nada en el mundo había cambiado, sólo yo. Había aprendido que nada tiene un comienzo ni un final y que por eso mismo, a pesar de todo el trance que significó escribir el libro, me encontraba nuevamente ante una decisión que tomar: dejarlo todo para escribir, asumiendo las carencias y vicisitudes, o ser alguien “decente” en este mundo. Me acobarde y decidí lo segundo, justificándome, obviamente, en cuestiones altruistas, formalidades estúpidas que ahora me avergüenzan.

Estudios, trabajo, compromisos, deudas, aplazamiento tras aplazamiento, todas esas cosas fueron ahogando mis ansias en aquellos años, meses enteros en que no podía escribir una sola letra. Se me viene a la mente un poema de Nico que, de alguna manera, he hecho mío también:

¿Será esta mi vida en adelante?
El tramo final de la forzada lucha
por la supervivencia que me aleja
aún más de mis postergados sueños.


Durante esos años fui preso de todas las formas posibles en que podía manifestarse una obsesión: pesadillas, paranoias, convulsiones, cefaleas, sensación de muerte inminente, imágenes intrusivas, ataques de pánico, etc. Sin embargo, el síntoma más terrible era la idea de que de un momento a otro, me volvería loco. Viví años con la sensación de que perdería la razón súbitamente y mis pensamientos quedarían ajenos a mi voluntad para siempre.

Y todo hubiera seguido igual, mi mente azotada por la insania hasta desangrar completamente mis deseos y derrumbar el último cimiento de mi cordura, si no hubiera tropezado en la vida con Rufina.

Continúa abajo…

Guestbook Messages (10)

chusko said on 7/23/08 3:41 AM …

Recuerdo que llegué a Rufina a través de una curandera charapa que me leyó las cartas en completo estado de ebriedad. Luego de psiquiatras y médicos internistas, la desesperación me había llevado por esos derroteros, que en cierta medida, aumentaban mi ansiedad empeorando mi estado.

Esta curandera me había dicho que iba a invocar un espíritu que me curaría y que para eso necesitaba hervir la cabeza de un perro negro en un combinado de llantén, valeriana, san pedro, huanarpo y otras yerbas que no recuerdo. La cabeza del perro negro la conseguiría ella, yo debía comprar las hierbas.

- Tráeme también –me dijo la curandera- una hierba que te puede vender una señora que atiende en la puerta del mercado de Breña. Dile que es para invocar al Protector, pero no le digas que yo te mando. Dile que te manda el Huancabambino, que es un brujo que ella conoce. Es mi amiga, pero está enojada conmigo por ahora, y si le dices mi nombre seguro se molesta.

Rufina vendía hierbas en el mercado de mi barrio y su puesto de venta era apenas una canastita de paja colocada sobre el suelo, al lado de la cual ella se sentaba sobre una manta, acomodando su pollera vieja y descolorida. Calculo que Rufina tendría unos setenta años cuando la vi por primera vez.

chusko said on 7/23/08 3:41 AM …

Compré la lista de hierbas, y mientras Rufina me las entregaba, iba diciéndome para qué era útil cada una de ellas. Quedé sorprendido, pues, a medida que lo hacía, iba enumerando cada uno de mis síntomas. Cuando le pedí la hierba para invocar al Protector, me miró profundamente. Creo que la mirada del diablo no caló tanto en mí como lo hizo la mirada de Rufina.

- ¿Para qué quieres tú esa hierba? –preguntó.

- El Huancabambino me la pidió, me va a hacer un trabajo –contesté-.

- ¿Va a invocar al Protector?

- Sí.

- ¿Necesita también una cabeza de perro negro?

- Claro –dije ya sin reparar mucho en mis palabras.

Dejó de mirarme, tomó su canasta y, con la rapidez que le permitían sus años, se puso de pie.

- No tengo esa hierba –dijo.

- ¿Qué hierba es esa? –le pregunté confundido y avergonzado mientras ella se alejaba.

- Esa no es una hierba, niño. Ándate de acá… No te juntas con gente buena tú.

Pensé en la curandera charapa, recordé la decoración de su casa, sus serpientes y pirañas disecadas, su aliento a licor, su mirada vidriosa, su tono de voz, el gesto sibilino con que me pidió la hierba para invocar al Protector.

- En realidad me lo pidió otra persona –dije apresurado, perdiendo una vez más la esperanza y pensando que me volvería loco, pues en ese momento me atacaba uno de aquellos ataques de pánico irracional, como si fuese a morir de un momento a otro y mi cuerpo fuera a encenderse en llamas.

chusko said on 7/23/08 3:41 AM …

Rufina se detuvo y volvió a mirarme.

- Yo ya sé quién fue, niño –dijo serenamente.

No sé que habrá visto en mi rostro, talvez la desesperación, la ansiedad, el mal sueño de cientos de pesadillas, el pánico en mis ojos; pero, mientras yo permanecía callado, ella se acercó a mí, murmurando palabras imperceptibles. Cuando estuvo frente a mí, colocó su mano sobre mi pecho. Fue como si me lo abriera de una puñalada.

Podía sentir como esa mano huesuda, de piel arrugada como un tronco al sol, se introducía en mi carne, atravesaba mi tórax y acariciaba mi corazón.

- Estás desesperado –dijo.

Yo no pude contestarle. Se siente muy extraño cuando alguien mete la mano en tu pecho y toca tu corazón.

- El Protector no tiene nada que hacer contigo –dijo lentamente-. Aunque vinieran veinte espíritus a protegerte, seguirías igual. Tienes el corazón machacado, niño.

Luego de eso, se marchó. Obviamente, no regresé donde la curandera charapa y me quedé un tiempo más con mi mente perturbada. Durante varias noches soñé que Rufina me traía la cabeza de un perro negro en su canastita.

chusko said on 7/23/08 3:42 AM …

Los días en mi trabajo pasaban lentamente, con las dosis de angustia que si bien no aumentaba, tampoco disminuía. Uno de los peores síntomas que me azotaba era muy similar al de Martín del Castillo en Sobre héroes y tumbas: sentía que el mundo que tenía frente a mí era irreal, que no estaba ahí y que, de un momento a otro, todo mi campo visual se reduciría ineluctablemente a la nada, como si las cosas se estrujaran y comprimieran hasta desaparecer. Vivía con esa tensión permanente.

Ensayar con mi banda, Sindicato Subterráneo, era bastante tortuoso, ya que los oídos me dolían terriblemente, produciéndome la sensación de que mi cabeza iba a estallar en cualquier momento. El sonido de la guitarra acoplándose, chirriando en el amplificador, era una tortura, más aún en los conciertos, donde el sonido se triplicaba y la intensidad y violencia de las presentaciones lo hacían más envolvente.

Aunque ya no esperaba encontrarme con Rufina, dado que no la había vuelto a ver en el mismo lugar en el mercado, fue precisamente organizando un concierto en El Averno con Morbo, Del Pueblo, Suicidas y Sindicato Subterráneo, que me crucé con ella nuevamente.

chusko said on 7/23/08 3:42 AM …

Una pareja de chamanes, amigos de Leyla y el Negro Acosta –los promotores del Centro Cultural El Averno- habían llegado de la selva trayendo botellas de ayahuasca para algunas sesiones de curación. Aquella noche me quedé conversando y bebiendo con ellos, conversando sobre sus prácticas, a pesar de que yo siempre había tenido reparo en participar de una sesión de ayahuasca, porque tenía entendido que uno ve a todos tus demonios saliendo del cuerpo, en forma de vapores, y que la planta te habla y te obliga a enfrentarte a tu peor temor.

Ya habían dado las diez de la noche, cuando vi, sorprendido, que Rufina entraba por la desvencijada puerta del Averno. Los chamanes se pusieron de pie y se acercaron hasta la puerta a saludarla. Todo fue muy rápido y, como yo estaba un poco apartado, confundido entre los discos y polos que vendían en la entrada del Averno, ella no me vio. Cruzaron algunas palabras y ella les entregó un paquete, algo envuelto en papel periódico. Ellos fueron muy cordiales y ella dio media vuelta y se retiró. Cuando los chamanes volvieron a donde yo estaba, me despedí de ellos y salí a la calle. Afuera no había un alma y Quilca siempre es más peligrosa cuando no hay nadie en sus veredas. La busqué con la mirada y la divise dirigiéndose hacia la plaza San Martín. Fui tras ella.

No recuerdo haber corrido, pero sí recuerdo que cuando le di el alcance, estaba agitado, sudando, temblando, lleno de angustia. Ella volteó al sentir que yo me acercaba.

chusko said on 7/23/08 3:43 AM …

Parecía que estaba esperándome. Me dirigió una sonrisa que me heló la sangre. Era como que me dijera: “Por fin tuviste el valor de venir”. Sólo pude saludarla, luego me quedé callado. En realidad, apenas en ese momento me di cuenta que no sabía por qué la había seguido.

- ¿Invocaste al Protector? –preguntó ella.

- No. Usted dijo que no serviría de nada…

- ¿Para qué querías invocarlo?

- Para que me cure la locura.

- ¿No te parece una locura invocar a un espíritu? ¿Estás loco?

- Creo que sí.

- Pues para curarte de la locura, sólo tienes que hacer una cosa.

- ¿Qué cosa?

- Cumplir tu deseo más íntimo. Ese que sólo tú sabes cual es. No realizarlo ha secado tu corazón, niño. ¿Cuál es tu deseo?

No tuve que pensarlo mucho.

- Quiero atrapar al mundo… atrapar este momento, todos los momentos. -dije sin reservas.

La calle estaba solitaria. La esquina de Camaná con Colmena tenía ese aire desolado de las madrugadas más salvajes.

- De verdad estás loco, ah –dijo ella.

- Sí, ya sé. Pero quiero escribir y no puedo… ya no puedo…

Entonces lo dijo, sosegadamente, su voz sonó como si viniera de los confines del universo:

- Si eso es lo que quieres, entonces entrégame tu corazón y haré que puedas volver a escribir. Sólo tienes que traerme todo lo que yo te pida.

No lo dudé ni un instante. El frío de la calle entró en mi carne cuando, abriendo mi pecho con cuidado, metió sus manos cuidadosamente y arrancó de un solo tirón ese corazón seco y sin color que apenas latía.

chusko said on 7/23/08 3:43 AM …

Cuando lo tuvo en sus manos, fuera de mi cuerpo, sentí que recuperaba la cordura. Era eso, mucho corazón me había vuelto loco… La vi marcharse con mi corazón en su canastita y el mundo se convirtió en este escenario sobre el que a veces escribo.

No voy a contar ahora cómo recuperé mi corazón, quizás más adelante, si es que a alguien le interesa, por supuesto. Aunque me da vergüenza hablar de ese asunto. A cambio de curar mi corazón y devolvérmelo, Rufina me pidió algunas cosas un poco extrañas y si las menciono creo que podrían pensar que no estoy muy bien de la cabeza.

**********************************************************

chusko said on 7/23/08 5:10 AM …



Que me haya ausentado no significa que no haya estado escribiendo. Por el contrario, creo que he escrito más que en meses anteriores. El problema es que, como muchas cosas en mi enredada vida, algo que empezó siendo un simple divertimento, como era el caso de este flog, terminó volviéndose algo "en serio".

El resultado puede no ser del agrado de los adolescentes emo-otaku-punk-artie-pop que pululan por este medio. Me da igual. Siento que era un relato necesario, algo que tenía que escribir, y aunque ha salido demasiado largo y solemne, ha significado una satisfacción para mí. Aún tendré que retocarlo y editarlo en el futuro, pero la idea central no cambiará.

http://duranyloslanzallamas.com/cronica/cronica.htm

Si a la segunda página no los atrapa, dejen de leerlo sin remordimiento. El tema es demasiado "político" y hasta sociológico, así que están advertidos.

Saludos y gracias.

miauneko said on 7/23/08 4:02 PM …

- Tu alma no vale la pena. Chau.

*ROFLOL*

XD

:3

khatou said on 7/23/08 10:39 PM …

Fue una época en que no me importaba morir de hambre. Estaba dispuesto a vivir mi vida limpiando baños y pisos, atendiendo el kiosco de una academia, lavando platos o siendo mesero en algún restaurante de quinta categoría. Nada de eso me importaba porque al terminar el día, llegaría a mi casa a escribir.

Muy cierto.
También muy cierto el comment de más arriba.
Atrapar momentos Creo que es como pensar "¿por qué disfruto y necesito escribir? ¿Por qué, mientras que los demás se conforman con sólo vivir? ¿Qué hace el que no escribe? ¿Por qué hay esa necesidad de capturar momentos, o personajes, o situaciones? ¿Es para realzar algo que en realidad no tiene importancia más que para uno mismo?".

En fin. Si alguien tiene respuestas (no cursis, aclaro) a esos temas, hable causa xD.
La única vez que vi al d!4bl* (me da miedo nombrarlo xD) fue en Perú, cuando dijiste "Yo maté a Jesús" (o algo así). Sentí frío y ganas de persignarme, sépalo XDD.

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