Jerek, El Lobo
11/8/09
Se detuvo en la vanguardia del ejército y miró, en la oscuridad creciente, hacia los blancos pabellones del conde vampiro. Era una espina que tenía clavada en el alma y lo hacía sangrar cada vez que se movía la sombra de ellos. El estandarte de Von Carstein flameaba en el viento, pero desde la distancia resultaba imposible distinguir el escudo. Jerek lo conocía bien. Era un vil icono abominable.
- Cuando esto acabe, Mehlinger, quemaré ese condenado estandarte y dedicaré los años de mi vida que me queden a purgar esta apestada provincia de esa contaminación. -Lo dijo con la fuerza suficiente para que lo oyeran algunos de los hombres que limpiaban los martillos de guerra con trapos y aceite.
- ¡Y nosotros estaremos justo a vuestro lado! -rugió uno de los caballeros, un pelirrojo corpulento como un toro llamado Lukien Karr.
Jerek asintió.
-Ya lo creo que estaréis.
...
-Preparad a los hombres. Cabalgaremos cuando el sol se hunda en el horizonte. Quiero que todos los jinetes de segunda línea vayan equipados con teas encendidas; en la primera carrera los martillos serán su arma secundaria. ¿Entendido? Quiero... -Estubo a punto de decir "caos", pero no era la palabra correcta; no quería invitar al caos a participar en la batalla. Alzó la voz para que fuera oída a lo largo de las filas y transmitiera la llamada-. El ejército de Von Carstein está compuesto de despojos. Esas criaturas arden, así que las quemaremos. Purgaremos al mundo de su impía contaminación. Las aplastaremos a martillazos hasta hundirlas en la tierra, y las haremos arder para borrarlas de la faz del mundo. Esas cosas no son humanas. No son nuestros amigos, nuestros seres queridos. Son cadáveres diabólicos, espectros que envían para injuriarnos, para hacer aflorar nuestra congoja y acobardarnos. Bien, pues se acabó. Purgaremos este territorio de su demoníaca contaminación, con aceite y fuego, si es preciso, pero lo purgaremos.
Esta noche, cabalgamos por algo más que el valor; cabalgamos por todo lo que es correcto. ¡Cabalgamos por todos los niños inocentes del Imperio, para que puedan vivir en un mundo digno de ellos! ¡Cabalgamos por la supervivencia de la humanidad!
A lo largo de toda la formación, los Caballeros del Lobo Blanco, endurecidos en la batalla, se golpearon vigorosa y repetidamente el peto con un puño acorazado en respuesta al apasionado discurso de Jerek, y luego, cuando el estruendo era mas fuerte, aullaron como la bestia de la que habían tomado el nombre.
Jerek se golpeó una vez mas el pecho con el puño, y lo alzó para saludar a sus hombres.
-¡A la lucha!-gritó Mehlinger-. ¡Montad! ¡Cae la noche!
-¡Los Lobos Blancos cabalgan! -gritaron todos a coro-. ¡Los Lobos Blancos cabalgan!
Embravecidos eran un espectáculo pasmoso.