11/21/09
Volvía de la estación, miope y antártica. Las calles, tan de madrugada, tenían que ser reestructuradas con la imaginación o con los posos de memoria que se dejan atrapar tras un viaje cansado. La vuelta era jugosa, y en ese paseo se sostenía la densidad de los mínimos días que no son en balde.
Y la imaginación me hacía toparme con el niño-gato-lobo-pájaro-chucho-príncipe-bohemio que observa tras un filo. Y la memoria resolvía que el muy arrogante obviara mi presencia, desde su sombrero hasta sus pies.
Yo traía una ciudad nueva, un plano de ardua correspondencia con esta ciudad que habito.
Traía una ciudad nueva, un par de galicismos bonitos y algunas cosas más, más bonitas. Y sonreía.
Como no tenía dinero para taxi, sonreía. Porque los pensamientos desde un asiento de atrás son distintos, no pueden atravesar el calor y los cristales. Era preciso caminar.
Caminar erguida y presente, como enseñan a caminar a los actores, me permitía. Estaba permitida con mis ensueños, con mi peligro, con mi torpeza y mi bolsa azul. Y con las cosas -tus cosas- bonitas, que me traía en ella, pesando, como los óleos de un férreo pintor.
FOTO Nº94:
Un trocico de calle.