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Cuando tenemos un mal momento nos apoyamos en aquellos que sabemos que siempre estarán dispuestos a tendernos una mano. Lo sabemos porque antes de que la necesitemos ya está allí, dispuesta a sujetarnos y a ayudarnos a que nos levantemos.
Dios es la mano que nunca falla, la que nos sostiene en todo momento, malo o bueno.