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- “Si Dios, cuando formó al hombre, entendiese/ que era mala cosa la mujer, no la daría/ al hombre por compañía ni de él la haría;/ si para bien no fuese, tan noble no saldría./ Si el hombre a la mujer no la quisiese bien/ no tendría tantos presos el amor cuantos tiene;/ por santo ni santa no sea, no sé quién/ no codicie compañía, si sólo se mantiene”. ¿Qué te parece?
Lucía no supo qué contestar. Luis era verdaderamente imprevisible. Nunca sabía por dónde le iba a salir. Ahora, detenidos en el aire tranquilo de la biblioteca, sentados frente a frente, clavadas las miradas el uno en el otro y viceversa, como unidos por un hilo invisible, se dirigían de cuando en cuando comentarios como éste, “arroutos” ingeniosos y estimulantes.
- Son versos del Libro de Buen Amor, de Juan Ruiz. Lo mejor es que unas páginas antes habla de las... “engañosas maneras que usan para pecar y engañar las mujeres”. Todo el tiempo está hablando del amor loco al que continuamente incita la mujer... y luego, ya ves, a la primera de cambio las defiende y canta las excelencias de vivir en pareja.
- Sí, es curioso... O más bien diría lógico- Lucía suspiró-. Por un lado echas cal y por otro arena; primero dices que el sexo femenino es el demonio personificado, la tentación simbolizada a través de Eva y la serpiente, y luego te justificas rápidamente, quiero decir, justificas tu propia debilidad, reconociendo que tan malas no deben de ser, que alguna virtud tendrán. Típico de la mentalidad medieval. Hay un libro de otro arcipreste precisamente, el Corbacho, que es la obra más misógina que te puedas echar a la cara.
Luis observaba con fruición a Lucía. Había conseguido pulsar el botón adecuado y ahora la veía como desde fuera de una bola de cristal, de esas que remueves y comienza a nevar por dentro. Luis se había acurrucado en un rincón de la conversación, en ese punto y aparte donde das pie al otro para hablar, y allí, callado en un rincón, examinaba con atención y secreto deleite cada uno de los movimientos de su compañera, los gestos, las inflexiones de voz, los cambios de estado... de vacilante a resuelta, de firme a comprensiva, de divertida a indignada, y así sucesivamente, pues si algo le gustaba era ver cómo seguía teniendo la capacidad de azuzarla interiormente, moviéndola a hablar consigo misma, y con una sonrisa pícara y desvergonzada atendía toda su compleja dialéctica, para, al acabar sus palabras, volver a la carga otra vez con un nuevo comentario, otro acicate con el que avivar el fuego de la conversación.
Y era esto lo que a ella siempre le gustó de él: su atención, ser siempre una lengua despierta y un oído avizor para coger al vuelo sus imprecisiones, los fallos o bien los aciertos, y contestar siempre agudamente, criticando con delicadeza y sabiendo darle al mismo tiempo la razón cuando lo merecía. En esto su relación se diferenciaba especialmente de las otras: estaba basada en la admiración, mucho más que en la atracción física, que era evidente, y se manifestaba a través de estas discusiones, a veces tiernas, otras más tensas, que les acercaban cada vez más y les envolvían en una especie de gimnasia mental, tan erótica como la corporal, pero aún más gratificante, puesto que no les gastaban tanto las energías y les mantenían en una dulce tensión durante mucho más tiempo.
- ... muy, muy típico de la mentalidad medieval -y acompañaba cada palabra con un gesto de la mano, cortando el aire con sus juicios, quedando al final en silencio como si ya hubiera dicho todo.
- ¿Sólo típico de la medieval? -Luis puso el tono adecuado para despertar la reacción en Lucía.-Creo que sigue habiendo mucha gente que piensa así. Aún no vi mujer que hable del hombre como vehículo del demonio...- y aquí el gesto momentáneamente serio se relajó en una sonrisa cómplice-... y sin embargo mi madre sigue hablando de las mujeres como si fuesen víboras que le fuesen a envenenar a su niño.
Lucía le devolvió la sonrisa:
- Te iba a decir que me presentaras a tus padres, pero ahora francamente paso... Pero no es verdad lo que dices. Muchos padres sienten lo mismo hacia el novio de su hija, tanto o más que las suegras respecto de las nueras.
(continúa en la próxima actualización)
la_elfa_miope said on 5/9/08 4:59 AM …
Mi tia dice que no es posible que una relacion sea duradera si no hay admiracion entre los que la forman. Yo simepr ebusco motivo spara admirar, aunque a vece sse apague la luz y no ve anada!
Esperare a mañana para leer la totalidad del texto....
Ese dibujo tb es tuyo?