Ballets Rusos VI :Satie, Stravinsky, Poulenc
12/18/09
La Primera Guerra Mundial interrumpió las actividades de los Ballets Rusos y muy pocos montajes fueron realizados por la compañía de Diaghilev en ese periodo. La mayoría de los bailarines retornó a Rusia y Diaghilev se refugió en Suiza junto a un grupo de amigos, entre ellos el siguiente talento creativo de la compañía, Leonide Massine. Una nueva compañía se formó en esos años y se presentó en Norte y Sudamérica en 1916 y 1917. También hubo actuaciones en París y una de ellas incluyó el particular ballet Parade.
Con música de Satie, decorados de Picasso y argumento de Cocteau, Parade se estrenó en la capital francesa el 18 de mayo de 1917. Provocó un gran escándalo, tanto por su música, que incorpora sonidos de máquinas de escribir o sirenas, como por su trama, que no es sino un recorrido por una secuencia de espectáculos callejeros. Con todo su surrealismo, abstracción y absurdo, la obra atrajo a algunos compositores de vanguardia, entre ellos, los que llegarían a ser conocidos como Los Seis.
El éxito de una temporada en Londres en 1918, que incluyó La Boutique Fantasque, motivó a Diaghilev el encargo a Stravinsky de otra partitura que consistiera en arreglos de música antigua. Así nació Pulcinella que se estrenó el 15 de mayo de 1920 en la Ópera de París con una coreografía de Massine y la conducción de Ernest Ansermet.
Pulcinella, sin embargo, no fue una simple orquestación de piezas, en este caso de Pergolesi o atribuidas a él, ya que todo el trabajo suena como si fuese de Stravinsky. Basada en el personaje de la comedia dell'arte napolitana, la partitura incluye partes vocales que sólo sirven como elemento colorístico, ya que no están ligadas a la acción ni corresponden a los caracteres del escenario. Pulcinella marcó también el primer retorno del autor a música del pasado e inició un período neoclásico dentro de su carrera creativa.
Tras la temporada de los Ballets Rusos en el Teatro Alhambra de Londres, que se extendió durante 1919, Massine tuvo problemas con Diaghilev, por contraer matrimonio, y tuvo que abandonar la compañía. Su partida impulsó al empresario para realizar una de sus más extraordinarias empresas: montar la obra maestra de Petipa, el ballet La Bella Durmiente, bajo el título La Princesa Durmiente. Bakst realizó uno de los diseños más opulentos y hermosos presentados en el siglo XX, mientras que Stravinsky editó la partitura y escribió un panegírico sobre Tchaikovsky en el programa. Lamentablemente, el público londinense no fue capaz de comprender la belleza de esta gran obra del siglo 19, sobretodo cuando Diaghilev ya los había condicionado a lo exótico y emociones más rápidas.
A pesar del fracaso de La Princesa Durmiente en Londres, surgió un nuevo talento para las coreografías del conjunto, el de Bronislava Nijinska, quien habiendo sido miembro original de los Ballets Rusos, retornó a Rusia después que su hermano abandonó a Diaghilev. Nijinska volvió como bailarina para el montaje de La Princesa Durmiente y, al colaborar con la coreografía de algunas de sus partes, fue considerada de inmediato por Diaghilev como futura creadora para el elenco. Su primer encargo provino en 1922 y fue la realización de Renard, obra con música de Stravinsky que había sido compuesta entre 1915 y 1916. Al igual que Pulcinella, la partitura requiere voces solistas que no intervienen en el desarrollo dramático, y a diferencia de la misma, se inspira en cuentos folclóricos rusos y mezcla elementos de la ópera, los mimos y la cantata.
El retorno a París de los Ballets Rusos inició un periodo marcado por la influencia del gusto francés en el diseño y la música, sobretodo cuando Diaghilev se interesó por Los Seis. Debido a la marcada liviandad de la mayoría de las creaciones de este período, Nijinska tuvo que desplegar todo su genio para lograr trascender ideas que de otro modo habrían sido efímeras. Fue el caso de Les Biches, un ballet cuyo argumento, sin tener una acción precisa, muestra una típica fiesta de salón en la que se refleja, tanto sentimental como satíricamente, un cierto estrato juvenil de la sociedad europea de aquellos primeros años de la posguerra. Pero no sólo fueron la excelente labor coreográfica de Nijinska o la precisa ambientación de Marie Laurencin los elementos influyentes en el exitoso estreno de la obra en 1924, sino también, una magnífica partitura que se tranformó en la base de la reputación internacional de su creador, Francis Poulenc.