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Las lágrimas de San Pedro

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El dolor es una de las más profundas y misteriosas experiencias humanas. Ante el dolor, físico o espiritual, levantamos la vista hacia Dios. Y solo esto ya otorga un gran valor al sufrimiento humano. Sin embargo, es frecuente referirse al silencio de Dios ante el dolor de los inocentes, ante los campos de exterminio, ante la muerte de los niños, ante la enfermedad, la tortura y el hambre. ¿Por qué calló? ¿Por qué permitió? ¿Por qué calla? ¿Por qué permite? ¿Puede ser ese un Dios omnipotente y, a la vez, absolutamente bueno? Dolor humano y silencio de Dios.

Tal vez la primera observación que quepa hacer consista en negar que todo sea malo en el sufrimiento. Miguel de Unamuno decía que en el dolor nos hacemos y en el placer nos gastamos. Y Beethoven, creo que en la partitura de la Novena, escribió: «A la alegría por el dolor». Al final de la «Barcarola» de Los cuentos de Hoffmann, de Offenbach, se canta: «El amor nos hace grandes, y el llanto aún más». La verdad nos hace libres, y el dolor grandes. Nadie ha sido más grande que Jesús abandonado en Getsemaní y luego clavado en lo alto del Gólgota.

El dolor ajeno nos mueve a la compasión, nos conmueve. El propio nos modela. El dolor es la forja del alma. No se puede esculpir sin dar golpes con el cincel. Cabría decir, parafraseando a Nietzsche, que un hombre vale en la medida de la cantidad de dolor que es capaz de soportar. Nada de esto significa que debamos buscar el dolor. No. Debemos evitarlo. Es un mal, pero repleto de cosas buenas. El dolor es un mal, pero sus consecuencias son casi siempre beneficiosas.

En este sentido, debe leerse el excelente ensayo El problema del dolor, de C. S. Lewis, si estoy en lo cierto, uno de los más grandes escritores del siglo XX. Su tesis central es que Dios nos grita en el dolor. Dios no calla mientras sufrimos. Habla, incluso grita, precisamente a través de nuestro dolor. Lo que nos duele es la voz aguda de Dios que nos llama. Y nosotros, ignorantes, soberbios y sordos, aún hablamos de silencio de DiosEl dolor es el grito de Dios. Y habría que decirle a Él: «Gracias, Dios mío, por el dolor que me envías, pues con él me has salvado». Él nos salvó con su dolor y nos continúa salvando con el nuestro.

El bien del hombre consiste en entregarse a Dios. Pero esto resulta extraordinariamente difícil. Solo el bien puede proporcionar la felicidad. Por eso la desgracia es tan frecuente. Los felices son siempre pocos, pues pocos son los capaces de entregarse totalmente a Dios. Escribe Lewis: «No somos meras criaturas imperfectas que deban ser enmendadas. Somos, como ha señalado Newman, rebeldes que deben deponer las armas. La primera respuesta a la pregunta de por qué nuestra curación debe ir acompañada necesariamente de dolor es, pues, que someter la voluntad reclamada durante tanto tiempo como propia entraña, no importa dónde ni cómo se haga, un dolor desgarrador».

El primer principio de la educación consiste en «quebrar la voluntad del niño». Esto se puede hacer bien o mal, con suave firmeza o con sórdida crueldad. Pero debe hacerse, pues sin ello no hay educación. El hombre no se ve obligado a quebrar su voluntad para entregarla a Dios mientras las cosas le van bien. El error moral viaja enmascarado y muchas veces no lo advertimos. El dolor, por el contrario, es transparente, nos asalta sin careta, nunca engaña. Nada apresa nuestra atención y absorbe nuestra conciencia como el dolor; ni siquiera el amor.

Escribe Lewis: «El dolor no es solo un mal inmediatamente reconocible, sino una ignominia imposible de ignorar. Podemos descansar satisfechos en nuestros pecados y estupideces; cualquiera que haya observado a un glotón engullendo los manjares más exquisitos como si no apreciara realmente lo que come deberá admitir la capacidad humana de ignorar incluso el placer. Pero el dolor, en cambio, reclama insistentemente nuestra atención. Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo. El hombre malo y feliz no tiene la menor sospecha de que sus acciones no “responden”, de que no están en armonía con las leyes del universo».

El dolor puede ser también el despertador de la fe. Dice un personaje del «Cuento de invierno» de Shakespeare: «Es necesario que despiertes tu fe. Entonces todo queda en calma». En el fondo, la posibilidad de perfeccionarse a través de las tribulaciones forma parte de la vieja doctrina cristiana.


Continúa abajo.



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On July 07 2014 at Seville, Andalucía, Spain 172 Views



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Maravillas10 On 07/07/2014

Hola Jose

Un auténtico tratado sobre el dolor lo que nos transcribes aquí. Pero del dolor visto como algo positivo, del que se puede extraer una lección y a veces hasta un bien, como si se tratara de Las Flores del Mal...

El dolor y la compasión que a veces van juntos. Ya lo dijo Unamuno:

Porque los hombres sólo se aman con amor espiritual cuando han sufrido juntos un mismo dolor, cuando araron durante algún tiempo la tierra pedregosa uncidos al mismo yugo de un dolor común. Entonces se conocieron y se sintieron, y se consintieron en su común miseria, se compadecieron y se amaron. Porque amar es compadecer, y si a los cuerpos les une el goce, úneles a las almas la pena. [...]

(“DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA”)

Y viene de lo más oportuno respecto al hallazgo de este cuadro de Murillo, que tras darlo por perdido (hay que ver cómo dejaron los franceses el Hospital de la Caridad) ha aparecido y vuelve a sus orígenes.

Grandiosa hoy tu aportación.

Un beso muy cariñoso y que tengas un gran día.


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Baeticus On 07/07/2014

Es cierto, como reconoce Lewis, que el dolor como megáfono de Dios puede ser algo terrible y conducir a la rebelión definitiva y a la desesperación, pero también puede ser la única oportunidad del malvado para enmendarse y, por lo tanto, salvarse. San Agustín nos enseñó que el alma solo puede ser feliz cuando descansa en Dios, porque Él nos ha hecho para Sí. En eso consiste ser criatura. Dice también San Agustín que Dios nos quiere dar cosas, pero no podemos tomarlas porque tenemos las manos llenas de otras cosas. En este sentido el dolor es el manotazo que nos arrebata lo que más queremos, pero para que podamos recibir lo único que puede hacernos felices: la entrega total a Dios. Y esta entrega total no es posible sin el dolor. Así, tenía razón Beethoven: «A la alegría, por el dolor». Y si alguien piensa que todo esto es una apología del dolor y del masoquismo, solo le pediría que pensara un poco más.

Por otra parte, imaginémonos un mundo sin dolor. Un mundo así se vería privado de la mayor parte de las cosas buenas. Para empezar, sería un mundo sin compasión y sin heroísmo, probablemente un mundo sin mérito moral. Pensemos en acciones realmente ejemplares. ¿Cuántas de ellas se habrían realizado en un mundo sin dolor? Como afirma Lewis, «el dolor proporciona una oportunidad para el heroísmo que es aprovechada con asombrosa frecuencia».

El dolor no testimonia en contra de la bondad divina. A veces podemos tener la impresión de que a Dios se le ha ido la mano y de que tal vez hubiera bastado con una terapia más suave, pero para que tengamos las manos vacías debe quitarnos todo o, al menos, lo que más amamos. Una vez cumplida su función terapéutica, Dios nos puede devolver algo o mucho de lo que teníamos, incluso todo. Pero entonces ya lo poseeremos de otra manera, a la manera de la criatura, a la manera feliz. La ilusión de la autosuficiencia humana solo puede quebrarse mediante el sufrimiento. El dolor es el último recurso de Dios para hacernos verdaderamente felices, es decir, buenos y sabios, y salvarnos. El dolor es el grito de Dios.


El grito de Dios / Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de Filosofía del Derecho.

ABC de Sevilla / Domingo, 6 de julio de 2014

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En la foto, San Pedro penitente, obra de Murillo realizada hacia 1680 por encargo de uno de los grandes mecenas de la Sevilla del XVII, el canónigo de la Catedral y, a la sazón, amigo íntimo de aquel genial pintor hispalense, Justino de Neve, para ser instalada en el Hospital de los Venerables Sacerdotes, lugar en que permaneció desde 1685 hasta que fue expoliada por el Ejercito invarsor francés en 1810.

Desde entonces, este valioso lienzo, de 212 x 155 centímetros, ha vagando por medio mundo, pasando por innumerables manos, llegándose incluso en las últimas décadas a perder su rastro y temer por su pérdida definitiva.

Pero afortunadamente la empresa sevillana Abengoa no sólo logró localizarlo, sino hacerlo regresar a su patria y, lo que es más importante si cabe, exponerlo en la ciudad de la que fue arrancado nada menos que dos siglos atrás, es más, en el mismo edificio para el que fue concebido, concretamente en 2012, con motivo de la celebración de la exposición Murillo y Justino de Neve / El arte de la amistad, a la que, si hacéis memoria, nos asomamos en su día…

En cualquier caso, y por si ello supiera a poco, hace unos días se ha filtrado a la prensa que la multinacional antes citada ha adquirido el cuadro y lo ha donado a su FundaciónFocus-Abengoa— , que lo expondrá permanentemente — tras serle realizados un estudio técnico y una limpieza por parte de los técnicos del Museo Nacional del Prado— , como no podía ser de otro modo, en su sede, que no es otra que aquel hospital que fundara Justino de Neve en pleno corazón de Sevilla, el mismo del que partió hace exactamente 204 años.

http://m1.paperblog.com/i/165/1651698/murillo-justino-neves-L-hg8oYX.jpeg

De manera que, aunque pueda resultar en este caso un tanto frívolo, «A la alegría, por el dolor», pues, como diría el Sordo de Bonn...

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Sinfonía nº 9 / 4º Movimiento / Ludwig van Beethoven / 1814-1824

http://www.youtube.com/watch?v=8R3Ki6aqlv4

Orq. Sinfónica Hispalense y Coros de las Universidades de Leipzig y Sevilla

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Feliz arranque de semana a todos.




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