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Una historia triste

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Cinema Paradiso / BSO de Cinema Paradiso

https://www.youtube.com/watch?v=1FzVWlOKeLs

Ennio Morricone / 1988

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En la novela «El primer hombre», publicada en 1994, treinta y cuatro años después de morir su autor, Albert Camus escribe uno de los pasajes más conmovedores de la historia de la literatura. Es el instante en que el protagonista de la narración, Jacques Cormery (alter ego de Camus), va a buscar la tumba de su padre, caído en octubre de 1914 en las riberas del río Marne, durante una de las batallas más tremebundas de la Gran Guerra. En ese momento del relato, al aproximarse a la lápida del cementerio de Saint-Brieuc, el protagonista del libro repara en la edad que tenía su padre al morir y en la suya propia.

Camus lo cuenta así: «Leyó (Jacques) dos fechas, 1885-1914, e hizo maquinalmente el cálculo: 29 años. De pronto le asaltó un pensamiento que le sacudió incluso físicamente. Él tenía 40. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él. Y la ola de ternura y compasión que de repente le llenó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado. Algo había ahí que escapaba del orden natural..., la locura y el caos que se desataban en el momento en que el hijo era más viejo que el padre».

El emotivo texto camusiano ha irrumpido en mi memoria a causa del aniversario de una muerte de la que ahora, en este 2015, se cumplen 70 años. No es una historia semejante, pero contiene el mismo aliento salvaje de burla al sentido íntimo de la naturaleza. El hombre fallecido en Nueva York en 1945 tenía entonces 86. Había nacido en España, en la provincia de Granada, y era un rico terrateniente, liberal, agnóstico y republicano, que llevó a cabo buenos negocios con el cultivo de la caña de azúcar. Pese a tratarse de una persona conservadora en sus ideas políticas, organizaba peonadas fuera de estación para repartir dinero entre los agricultores que trabajaban para él y aliviarles así el hambre. Estuvo casado dos veces y tuvo cuatro hijos de sus segundas nupcias, dos chicos y dos chicas. El primero de los vástagos era un muchacho alegre, desenfadado, «desviado» en sus gustos sexuales, como se decía entonces, que quería ser artista. A su padre le hubiera gustado que estudiase derecho o medicina, pero al joven sólo le atraían el piano, la poesía, el flamenco y las noches de bohemia con sabor a coñac y olor a tabaco. De modo que el padre se resignó, aceptó la homosexualidad de su hijo y, no sólo dejó que el chico se fuera a vivir y probar fortuna en la capital, sino que le financió la aventura.

Aquel finquero de la vega del Genil se llamaba Federico García Rodríguez, un nombre muy común, del que puede que ahora mismo haya miles en España. Pero el segundo apellido de su hijo no lo comparte nadie, al menos que yo sepa: Lorca. Ese niño caprichoso, a quien su padre ayudó tan sólo por el desmesurado amor que le profesaba, alcanzaría a ser uno de los tres grandes poetas españoles de todos los siglos –los otros, en mi opinión, son Quevedo y Lope– y bien le valdrían a sí mismo los versos elegíacos que, un año antes de su muerte, compuso para el torero Ignacio Sánchez Mejías, corneado en la plaza de Manzanares:

«Tardará mucho en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura»


(Continúa abajo)


El primer hombre Albert Camus I Guerra Mundial Gran Guerra Marne Guerra Civil Fco. García Rguez. García Lorca Granada Genil Fuente Vaqueros Quevedo Lope de Vega I. Sánchez Mejías Manzanares Nueva York M. Fdez. Montesinos Fernando de los Ríos II República Hawthorne Manhattan Hudson Javier Reverte Cinema Paradiso Ennio Morricone

On January 26 2015 at Seville, Andalucía, Spain 118 Views



Avatar maravillas10

Maravillas10 On 27/01/2015

Hola Jose

Como te dije ayer me alegro mucho de verte de nuevo por aquí y lamento haberme perdido las fotos de los últimos días.

Y me alegro también por haber podido leer en este articulo que rescatas la historia del padre de García Lorca que, como tú, desconocía por completo... conmovedora por supuesto. Por sus avatares y por esa tragedia de sobrevivir a un hijo, que debe ser de lo peor que te puede pasar en la vida.

Gracias por compartir con nosotros esta foto tan querida para ti, de un hombre muy joven, muy guapo, con atuendo militar que se fue demasiado pronto. Dicen que los padres siempre son jóvenes cuando se van, pero en este caso, ya lo creo que lo era.

Un abrazo y muy buenas noches.


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Solida_lua On 27/01/2015

He leído cuidadosamente todos los escritos que has actualizado y que pasaron sin verles; gracias, cómo cristiana que soy me ha hecho bien leer y aclarar tantas situaciones que a veces entre tanta publicación no logramos hacernos una idea fiel del acontecer.

Dios te bendiga y proteja infinitamente cada día


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Solida_lua On 27/01/2015

Emoción inmensa leerte amigo mío, un recuerdo profundo y una reflexión que llega al alma.

Dios te bendiga infinitamente amigo mío

Abracito

PD. De haber sabido que habías actualizado habría pasado mucho antes por este rincón.


Avatar maravillas10

Maravillas10 On 26/01/2015

No puedo creer que no me haya enterado de tus últimas actualizaciones... tanto tiempo sin poner nada y ahora, cuando no nos avisan, me entero por casualidad de que has estado por aquí.

Lo siento.

Mañana paso con más calma y te comento como tú te mereces.

Buenas noches.


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Baeticus Goldcam On 26/01/2015

Sabemos del vil asesinato de Lorca en agosto de 1936, a los 38 años... en este caso un hijo que moría antes que su primogenitor, otra gran burla de la naturaleza. ¿Y por qué esa tumba en Nueva York? Tras vencer en Granada la rebelión franquista, el nuevo gobernador militar, general Valdés, impuso a Federico García Rodríguez una «contribución» de 300.000 pesetas, para sostener a los alzados, y sus tierras fueron incautadas. Federico pidió salir de España, lo que le fue negado. Al fin, en 1940, consiguió el permiso para marcharse. Y un día de agosto de ese año, desde la borda del trasatlántico «Marqués de Comillas», vio por última vez tierra española, en la boca de la ría de Bilbao. Su nieto, Manuel Fernández Montesinos, cuenta que dijo: «No quiero volver a este jodío país en toda mi vida». En los meses siguientes, toda su familia se le unió en Nueva York, acogida por Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública durante la II República y buen amigo de Federico.

La muerte le sorprendió en el verano del 45. Todos los días, escuchaba la radio para enterarse si los aliados habían desembarcado ya en Europa. Y siempre tuvo a su hijo muerto anclado en la memoria.

Hace un par de años, viviendo en Nueva York, me acerqué un día de otoño al cementerio del pueblo que contiene sus restos. Se encuentra en Hawthorne, al norte de Manhattan, no lejos del curso medio del río Hudson. Una vez en el sitio, dar con la tumba –hay decenas de miles allí– requiere su tiempo, escondida como está entre delicadas colinas sombreadas por recios robles. Pero, gracias a la ayuda de una viejecita de la oficina del camposanto, pude encontrarla.

Como en todos los osarios americanos, los sepulcros se alinean casi militarmente, en pequeñas estelas de piedra de menos de un metro de altura y clavadas en vertical en el suelo. La de Federico García Rodríguez se encuentra entre los túmulos del matrimonio Islhast y el de la señorita Anne Smith.

No había flores en los alrededores con que preparar un ramillete para esa humilde tumba. Amarilleaban las hojas de los castaños, un árbol muy distinto del olivo granadino. Me acordé de otro verso de su hijo:

«Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste entre los olivos»


Rememorando aquella historia, trato tan sólo de rescatar la memoria de un gran tipo olvidado que tuvo el infortunio de sobrevivir a un hijo grande.

Javier Reverte / La Tercera / ABC de Sevilla / Sábado, 24 de enero de 2015

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Sin duda son conmovedores, tanto la historia de los últimos años de vida del padre de Federico García Lorca, que confieso desconocía, como el fragmento de Camus que rescata Javier Reverte para introducirnos en ella.

A mí, desde luego, me lo parecen. Quizá porque, como Federico García Rodríguez y Jacques Cormery, he sentido, al caer en la cuenta de que de algún modo el «orden natural» en el seno de mi familia se ha visto alterado en más de una ocasión, esa misma locura y esa especie de caos…, esa extraña sensación…, una suerte de vértigo extraordinariamente semejante al que me invade cuando repaso las fotos de mis abuelos, mis tíos, hermanas o primos cuando eran pequeños, u obviamente, según los casos, más jóvenes... Pero sobre todo me ocurre con las de mis padres. Y más concretamente (estoy seguro de que mi madre no se enfadará conmigo por ello, allá en las alturas…) con las de mi padre, fallecido muy joven, con tan sólo 48 años, una edad que, de sus cinco hijos, de momento, sólo ha alcanzado a ver la mayor de mis hermanas…, una niña…, a y de mis ojos... Casi tan niña como el niño de la foto, que no es otro que nuestro amado padre a los 18 o 19 años...

Qué sensación tan rara…

En fin, leve y feliz arranque de semana a todos.




baeticus Goldcam

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